Nosotras que nos queremos tanto (fragmento)Marcela Serrano

Nosotras que nos queremos tanto (fragmento)

"Y su vida dio un vuelco en ciento ochenta grados. El movimiento alrededor de Francisco era perpetuo. En torno a él una se podía sentir protagonista. Parecía que todo lo que aconteciera allí fuera importante. Los rostros que ella viera en los diarios en Valdivia pasaron a ser de carne y hueso, los señores inalcanzables para ella eran tratados de tú por Francisco. El mundo empezaba a resultarle más alcanzable. La política pasó de conversaciones abstractas en la Austral, a acciones reales en la capital, en el centro político incuestionado del país. La gente empezó a tomarla en cuenta y sus ideas a veces eran traducidas en discursos públicos. Valdivia pareció quedar muy atrás, y con ella Ismael, que frente a su primo parecía un niño de pecho.
Sara fue totalmente absorbida por este hombre y por la política, que venían siendo la misma cosa. Hoy se pregunta cómo sacó adelante sus estudios de Ingeniería, con tanta energía robada a ellos. Pero la capacidad de Sara era grande y ella lo sabía. Y como suele suceder a las mujeres eficientes, a poco andar Francisco no podía hacer nada sin ella. Él seguiría viviendo en el mundo de las ideas, mientras ella le solucionaba todo lo relativo a la vida práctica y real.
No fue hasta muchos años más tarde que comprendió la naturaleza de esta relación. Estaban en Perú y asistieron a un encuentro con el líder de una secta político-religiosa. Un joven le hacía de asistente al líder, llevando su agenda, manejando su auto y hasta acarreándole su maletín. En el intermedio, Sara se le acercó y conversaron un rato, ella lo interrogaba sobre sus actividades. Él se las explicaba gustoso, demostrando los sacrificios que hacía por servirlo bien. Cuando Sara le preguntó qué sueldo recibía por su trabajo, él la miró desconcertado. No había pago. Sara le preguntó sorprendida por qué lo hacía entonces. Y su respuesta le dio la clave: «Por la oportunidad de estar a su lado. Si yo lo sirvo, aprendo de él. Es mi mejor escuela.» Los ojos levemente enajenados de aquel joven no distaban tanto de los suyos, y comprendió que Francisco, en su fuero interno, era como el maestro peruano y que, en teoría, ella debía estar agradecida de acceder a él. Lástima que las asistentes, cuando son las esposas, pasan doblemente inadvertidas. A este joven nadie podía negarle, al menos, que su trabajo era un trabajo, aunque no fuese remunerado. "



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