La invención del amor (fragmento)José Ovejero

La invención del amor (fragmento)

"Al llegar al trabajo me encuentro en el recibidor con José Manuel y uno de los kosovares, en efecto alto y musculoso como lo había descrito Genoveva, sentada ahora ante su mesa fingiendo no escuchar su conversación. El hombre es tan grande que si tomase a José Manuel por el cogote parecería que estuviera manipulando una marioneta. Con una calva blanquecina sobre la cabezota casi esférica, lleva un traje gris por debajo de la cazadora de cuero negro y aunque sin duda se trata de ropas caras ofrece el aspecto de quien en un reparto se ha quedado con prendas destinadas a alguien mucho más pequeño. Los tres se vuelven hacia mí y aguardan a que llegue junto a ellos. José Manuel me presenta, también me dice el nombre impronunciable de su interlocutor. El hombre tiende una inmensa mano de boxeador en la que la mía se pierde hasta desaparecer. No me estruja los dedos como temo, sino que los empuña con el cuidado que emplearía un gigante al sacar a su canario de la jaula. Me dedica una sonrisa afectuosa, impensable bajo esa nariz rota y esos ojos minúsculos y demasiado juntos. Se alegra de conocerme y espera que nuestro negocio sea beneficioso para todos, y lo dice con un brillo ilusionado en la mirada, que, si no es sincera, podría convencer al más incrédulo. «Yo también», respondo fascinado por su estampa de matón convertido a alguna religión mesiánica, y lo imagino en la cárcel acudiendo a oficios religiosos en los que asesinos y atracadores se toman de la mano y elevan la vista al cielo pronunciando jaculatorias o frases de arrepentimiento y de amor universal.
El encuentro no es una presentación sino una despedida. El kosovar se marcha después de repetir que se alegra y que todo irá bien, que estemos seguros, lo que enseguida me hace pensar en esos médicos de las películas que dicen «todo irá bien, lo prometo», al paciente que está muriendo de cáncer.
Creo que es la primera ocasión desde que trabajamos juntos, hace ya más de diez años, que Genoveva, José Manuel y yo nos ponemos a reír a la vez. Soltamos los tres una carcajada y nos contagiamos mutuamente, de forma que cuando uno está a punto de recuperar la calma, mira a los otros dos y vuelve a reír. La secretaria se quita las gafas para poder enjugarse las lágrimas, José Manuel se dobla sobre mí mismo y yo tengo que apoyar una mano en la pared para mantener el equilibrio. "



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