Mao II (fragmento)Don DeLillo

Mao II (fragmento)

"Atisbando a través del hueco de la puerta que faltaba vio cuerdas de tender la ropa extendidas a lo largo de boquetes abiertos por las granadas en los muros grisáceos.
El muchacho le retiraba la capucha y le alimentaba a mano, siempre demasiado deprisa, empujando el siguiente bocado antes de que hubiera podido terminar de masticar el primero.
Se resignaba al hecho de su confinamiento. Se resignaba a la presencia del cable forrado de plástico con el que habían atado sus muñecas a las tuberías del agua. A la capucha. Su cabeza estaba cubierta por una capucha.
El prisionero rebosaba de planes. Con el tiempo y los medios necesarios, aprendería árabe. Impresionaría a sus captores saludándoles en su propia lengua y mantendría con ellos conversaciones básicas... tan pronto como le proporcionaran los medios para hacerlo.
Ocasionalmente, el muchacho le torturaba. Le derribaba sobre el suelo, le ordenaba ponerse en pie. Le derribaba, le ordenaba incorporarse. El muchacho había intentado arrancarle los dientes con las manos desnudas. Cuando por fin abandonó la estancia, el dolor había sobrevivido largo rato a su partida. Aquello formaba parte de la estructura del tiempo, acerca del modo en que el tiempo y el dolor se convertían en inseparables.
Y había también autoridades a las que impresionar. Cuando le pusieran en libertad, le trasladarían a un lugar secreto y recitarían sus preguntas en el mismo tono de voz que había escuchado en la cinta magnetofónica de adiestramiento, y entonces él impresionaría a las autoridades con sus minuciosos detalles y su análisis de todas las facetas y aspectos, y ellos no tardarían en determinar el emplazamiento del edificio e identificar al grupo que le había hecho prisionero.
Sabía cuándo llegaba la tarde por el ruido de la guerra. Durante las primeras semanas, había comenzado al ponerse el sol. Primero, el tableteo de las ametralladoras, luego las bocinas de los automóviles. Resultaba interesante imaginar atascos de tráfico provocados por la guerra. En cierto sentido, todo era normal. Las quejas y maldiciones de costumbre.
El muchacho le obligaba a tenderse sobre su espalda doblando las piernas hacia arriba y golpeaba las plantas de los pies del prisionero con una varilla de acero. El dolor entorpecía su sueño y hacía que el tiempo se estirara y se volviera más profundo, proporcionándole consciencia y cierta cualidad de permanencia tan elemental como permanente.
Pensaba en el hombre descamisado atrapado por el alambre de espino. Sus recuerdos no se prolongaban más allá del momento del secuestro a excepción de pequeñas y débiles evocaciones, de destellos de verano, de instantes compactos situados en una casa indeterminada.
Pero ni incluso las autoridades... ¿qué saben las autoridades? ¿Realmente esperaba que fueran capaces de deducir datos importantes de la longitud y anchura de un ladrillo incluso si hubiera ladrillos que contar y medir —que no los había—, o de sonidos significativos que apenas lograban traspasar las paredes?
No había secuencia, ni narrativa, ni días que condujeran a otros días. Había un cuenco y una cuchara abandonados junto al borde de su colchón de gomaespuma, pero el muchacho continuaba alimentándole a mano. A veces olvidaba cubrirle la cabeza de nuevo después de las comidas, lo que aumentaba el nerviosismo del prisionero. "



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