La mansión (fragmento)E. M. Forster

La mansión (fragmento)

"Margaret se fue deprimiendo. Quería zanjar definitivamente la cuestión de la casa antes de dejar Londres para pasar unos días, como cada año, con mistress Munt. Margaret apreciaba mucho aquellas vacaciones y quería tener la cabeza despejada de problemas para poder disfrutarlas. Swanage era un lugar triste pero estable y aquel año Margaret ansiaba más que de costumbre su aire fresco y las magníficas colinas de Downs que se alzan al norte de Swanage, como centinelas. Pero Londres la obnubilaba; en su ambiente no se podía concentrar. Londres estimula, pero no sostiene, y Margaret, al tiempo que correteaba por la superficie de la ciudad en busca de una casa sin saber siquiera qué clase de casa quería, pagaba el precio de las muchas sensaciones excitantes del pasado. No podía, por otra parte, desprenderse del lastre cultural: perdía el tiempo en conciertos a los que habría sido un crimen no asistir y en invitaciones a las que no habría sido capaz de rehusar. Al final se desesperó; decidió que no iría a ninguna parte, que se encerraría hasta encontrar una casa. A la media hora había roto su determinación.
En cierta ocasión, bromeando, se había lamentado de no conocer el restaurante Simpson, en el Strand. La nota que le llegó era una invitación de miss Wilcox para comer en ese restaurante. Les acompañaría míster Cahill, los tres charlarían animadamente y acabarían, tal vez, en el Hipódromo. Margaret no se sentía muy atraída por Evie y menos aún deseaba conocer a su prometido. Le sorprendió que no hubiesen invitado a Helen, que había insistido más en lo de Simpson. La invitación le conmovió por su tono íntimo y decidió que tendría que conocer a Evie más a fondo, de modo que declaró que «sencillamente, debía aceptar» y aceptó.
El ánimo le flaqueó de nuevo en cuanto vio a Evie en la puerta del restaurante, mirando firmemente a ninguna parte como era moda entre las mujeres deportistas. Miss Wilcox había cambiado perceptiblemente desde su compromiso. Su voz era más áspera, sus maneras más abiertas y adoptaba un cierto aire protector para con las vírgenes inexpertas. Margaret era lo bastante tonta como para sentirse afectada por esa actitud. Deprimida por el aislamiento, veía deslizarse ante sus ojos el barco de la vida llevando a bordo no sólo casas y muebles, sino personas como Evie y míster Cahill.
Hay momentos en que la virtud y la sabiduría nos abandonan y uno de esos momentos se produjo en Simpson, en el Strand. Mientras subía las escaleras, estrechas y cubiertas de espesas alfombras; mientras entraban en el comedor donde unos clérigos expectantes cortaban a rodajas una espalda de cabrito, Margaret experimentó una fuerte aunque errónea sensación de futilidad y deseó no haber salido de su pecera, donde nada se agitaba excepto el arte y la literatura, donde nadie se casaba, donde nadie lograba siquiera un noviazgo prolongado. Entonces hubo una pequeña sorpresa. «Papá dijo que quizá vendría. Sí, ahí está.» Con una sonrisa de placer, Margaret se dirigió hacia él y la sensación de soledad se desvaneció. "



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