Las horas completas (fragmento)Luis Mateo Díez

Las horas completas (fragmento)

"Una mañana de invierno, don Beltrán, que ni los hielos ni los relentes respetaba, y al galope salía por estos páramos, como si el mismísimo remordimiento corriese tras él, cayó del caballo y se rompió la espina dorsal. Cosa de un mes estuvo en la cama inmovilizado, con grandes dolores, en una especie de sostenida agonía, también dejándose morir como la hija se había muerto. Y cuando vio que llegaba el momento extremo, mandó llamar a su esposa y al mendigo y les hizo prometer que, una vez celebradas sus exequias y guardado el luto de respeto, ambos contraerían matrimonio. De lo que el señor pretendiera con aquella determinación, difícil es aventurar nada. Tantas veces en las últimas voluntades se juntan las contradicciones y los afanes aplazados de la existencia. Tan extrañas son algunas. El caso es que el matrimonio se celebró tras el plazo previsto y con la discreción que al caso hacía, y no hubo mayores acontecimientos reseñables. Fue un matrimonio solitario, estéril, nadie sabe si feliz, que vio discurrir sus días por las estancias de aquel castillo silencioso, donde la melancolía era como la herencia que seguía creciendo, igual que la yedra en los muros.
Las telarañas de los ojos de doña Olina parecían más tupidas. En su mano derecha temblaba la taza con un leve tintineo sobre el platillo.
Diez años después murió doña Lidia y el mismo día de su entierro su esposo despidió a la servidumbre, y en plena noche todos los siervos de las alquerías del alfoz despertaron asustados y vieron cómo las llamas de una despiadada hoguera devoraban el castillo. Por tres días y tres noches el fuego devastó todo lo que entre aquellos muros había. Si se acercan al otero de Ancines, en las piedras de la ruina, si se fijan bien, todavía podrán apreciar las huellas del incendio. Del mendigo nunca más se supo. Algunos juraban haberlo visto contemplando las llamas en un alto cercano. Otros pensaron que en el fuego había sucumbido. Por estos pueblos no es frecuente la caridad de recoger a nadie en el camino para auxiliarlo. Y al fuego se le teme como a la mayor de las maldiciones. Hay desgracias que no se borran de la memoria y de la imaginación de las gentes. Este cuento que les he contado igual hasta sirve para defenderse de alguna de ellas, porque no hay cuento bueno que no sea útil ni desgracia que no pueda advertirse, si partimos de la idea de que el ser humano para la desgracia nació en este valle de lágrimas. "



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