Los peces de la amargura (fragmento)Fernando Aramburu

Los peces de la amargura (fragmento)

"De pronto acudió a mi pensamiento el tipo aquel mal encarado, el que nos pegó un tiro la noche del sábado al domingo desde la pantalla del televisor. Dentro de mi cabeza resonó el grito de Santi: «¡La pistola!». Y en ese preciso instante supe con total seguridad que acababa de meterme en el centro del laberinto. ¿Qué hago ahora?, pensé. En la misma calle Conde Duque, a la salida de la hemeroteca, paré un taxi. Un cuarto de hora más tarde, ¿te acuerdas?, me presenté en tu casa sin avisar. Me abrió tu marido, tan elegante con su delantal de rayas. (Este detalle, si no te vale, lo borras, ¡pero como insististe en que me explayase a mi antojo!) Aquella tarde te referiste a varios casos similares al de Santi que habías conocido de cerca. Después de todo lo que yo te había contado, el diagnóstico te parecía claro. Me preguntaste si Santi accedería a someterse a una terapia. «Estoy segura», te dije, «de que no. Ha tenido malas experiencias.» Tu réplica me dejó pasmada (hasta creí, por un momento, que querías tomarme el pelo): «No importa. Lo vamos a hacer de todos modos, sin que él se entere, al menos al principio. Ah, y sin psicofármacos ni visitas a un consultorio. Ya verás». Esa semana, en el restaurante chino, cumplí a rajatabla tus instrucciones. No creas que fue fácil. De milagro no me escondí en los servicios para pedirte consejo desde el móvil. Sentía terror pensando en el riesgo que corría de crearle a Santi nuevos padecimientos. Pero hubo suerte: reaccionó tranquilo. «A mi madre y a mí, aquella salvajada nos rompió la vida. No la guardo en secreto. Lo que pasa es que ya te he causado muchos problemas con mi manera de ser. Me daba miedo que te asustaras y acabases largándote como se me han largado otras mujeres al poco de conocerlas. Piensa, sin ir más lejos, en Sonsoles.» Me acordé de tu advertencia: «Primero las cosas claras; después, si quieres, la compasión». Fingiendo aplomo, le pedí al camarero una hoja de papel y un bolígrafo. No sabía cómo disimular el temblor de la mano. Yo pensaba: Santi no lo va a aguantar, esto está por encima de sus fuerzas, aquí se me hunde el pobrecillo. Me acordé de aquellas palabras de ánimo que me habías dicho por fono apenas unas horas antes: «Si te quiere, se dejará ayudar aunque le duela». Te respondí que su madre opinaba más o menos lo mismo. Y tú: «Es que a tu novio no le queda otro remedio. Hay que conseguir a toda costa que el miedo a perderte actúe como contrapeso de los otros miedos que lo mortifican. Me objetarás que te estoy proponiendo apagar el fuego con más fuego. Pierde cuidado. Con frecuencia, un tratamiento en apariencia absurdo es el que ofrece mejores resultados». Aquel pensamiento me dio valor. El dibujo quedó algo torcido, con unos redondeles que parecían huevos, pero así y todo Santi lo reconoció enseguida. Me miró desconcertado, bebió con calma un sorbo y dijo: «Llevo desde que era niño garabateando estas figuras y no sé por qué. Bueno, sí lo sé. Me parece que siento una especie de alivio cuando las veo. O sea, que en determinados momentos, si no las tengo delante, me entra como una desazón, me pongo nervioso, me parece que algo malo va a ocurrir; en una palabra, no estoy a gusto. Es difícil de explicar. Las hago, pero lo mismo no las hago, ¡qué sé yo!». Seguí tu recomendación de no acosarlo a preguntas. La cosa estaba hablada. Punto. Cambiamos de conversación y yo dejé que transcurrieran unos treinta minutos de cháchara trivial antes de anunciarle que el siguiente fin de semana no podíamos citarnos porque yo tenía previsto salir de viaje con una amiga. "


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