Los milagros de la vida (fragmento)Stefan Zweig

Los milagros de la vida (fragmento)

"Le explicaba las imágenes con las leyendas sencillas, tan poéticas, del Testamento, y hablaba de los milagros y de los signos de los tiempos sagrados con tanta pasión, que se olvidó de su propósito y proclamó la fe ortodoxa que le había concedido la gracia soñada de los últimos días con encantadores colores. Y la fe llena de entusiasmo de aquel viejo conmovió profundamente el corazón de la muchacha, que por su parte se sentía como en un país fabuloso recién descubierto, cuyas puertas se abrían de pronto en medio de la oscuridad, brindándole una amable acogida. Su vida, que despertó de repente de la más tenebrosa noche a un crepúsculo de color púrpura, empezó a vacilar cada vez de manera más fuerte. Nada le parecía increíble desde que ella misma vivía algo tan singular, ni siquiera la leyenda de aquel astro de plata tras el cual iban tres reyes procedentes de remotos países, con caballos y camellos que transportaban una resplandeciente marea de valiosos objetos, ni que un muerto rozado por una mano sanadora volviera a la vida, pues en sí misma parecía comprobar el efecto de una fuerza milagrosa similar. Pronto las imágenes quedaron a un lado, sin que les prestaran ya ninguna atención. El viejo le contó acerca de su propia vida, poniendo en relación algunos signos divinos con las leyendas de las Escrituras. Y mucho de lo que en los mudos días de su vejez había imaginado y soñado en su interior salía ahora a la luz en sus palabras, sorprendiéndole a él mismo, como algo extraño. Era como un predicador que hubiera comenzado en la iglesia con una palabra de Dios, para explicarla e iluminarla, pero que de golpe se hubiera olvidado de los oyentes y de su objetivo, entregándose al oscuro placer de dejar que todas las fuentes susurrantes de su corazón fluyeran en un discurso profundo, como un cáliz que contuviera toda la dulzura y la santidad de la vida, de modo que sus palabras, por encima del pueblo llano que le escuchaba con admiración, sin alcanzar a comprender su sentido, murmurando y mirándole fijamente, volaran cada vez más y más alto, aproximándose a todos los cielos en su sueño temerario de olvidar la pesadez de la tierra, que de pronto, plúmbea, volvía a colgarse de sus alas…
El pintor se volvió a mirar a su alrededor, como si aún estuviera rodeado por el murmullo de la niebla de color púrpura de sus embelesadas palabras. La realidad le mostró de nuevo su consistencia ordenada y fría. Pero lo que vio era hermoso como un sueño. "



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