El violín de Auschwitz (fragmento)María Angels Anglada

El violín de Auschwitz (fragmento)

"Había acabado la primera mitad; como estaba débil, el sudor manaba de su frente. Se lo enjugó con cuidado, para que no le llegase a nublar la vista. La segunda parte del trabajo transcurrió con menos fatiga y a medida que la silueta se ajustaba al dibujo, semejante a la forma ideal que él tenía bien clara en su cerebro, le invadía una especie de bienestar —desconocido desde hacía meses—, un bienestar físico incluso. Las manos tienen memoria, ya lo sabía; siempre se lo habían dicho los instrumentistas que le confiaban violines o violonchelos para reparar, o los que le encargaban una viola nueva y con los que le gustaba conversar y conocer nuevos detalles de su oficio de artistas. También sus dedos de constructor de violines habían conservado el recuerdo del delicado trabajo que se precisaba en su arte.
No, esta vez no se despertó sobresaltado ni le zarandearon en medio de un sueño. Se ocupaba realmente, por las mañanas, en la construcción de un violín. Pero la sirena del rancho, la precipitación de los ebanistas y carpinteros al dejar la tarea y, de golpe, la punzada del hambre en el estómago vinieron a recordarle que no estaba en su obrador. Estaba haciendo un violín en el lager por orden del comandante.
Ahora, por la tarde, los talleres interiores estaban cerrados, salvo el de reparación de vehículos; todos los presos válidos iban a trabajar a las fábricas de armas, de planchas de avión y de accesorios de tanques; los bombardeos aliados eran constantes y una parte de los presos apechugaba con la construcción de galerías subterráneas para una nueva fábrica de armamento. Daniel estaba destinado en la nave de IG Farben, una de las muchas que explotaban la mano de obra esclava. Su amigo el mecánico, en cambio, continuaba todo el día en el taller, relativamente bien visto por los führers y chóferes por su excepcional destreza y su buen ojo.
Así pues, salió de la carpintería tras sus compañeros de trabajo; siempre tenía la misma impresión: en cuanto dejaba el obrador, donde había vuelto a recuperar la sensación de estar vivo, era como si penetrara despierto en la gran pesadilla, en los tentáculos viscosos del monstruo. En lugar de turbarlo por las noches, la pesadilla empezaba al mediodía; y entonces se esfumaba la relativa tranquilidad conseguida, una especie de nudo le volvía a oprimir el pecho y le resultaba tan absurdo «su» violín como un rosal en una pocilga. Un violín en el Campo de los Tres Ríos, un violín para sobrevivir. Probablemente. "



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