Homo Lubitz (fragmento)Ricardo Menéndez Salmón

Homo Lubitz (fragmento)

"Para que la emoción no lo asfixiara, para que el contenido de su pasado en aquella casa no devorara su razón, se obligó a estudiar la fotografía que Control le había dado. El tamaño era el de una antigua tarjeta postal, idéntica a las que asaltan al curioso en los mercados de las pulgas diseminados por el mundo, entre la avalancha de hombres, mujeres y niños muertos que lucen vestidos y peinados ridículos, rodeados de objetos cuyo uso no es fácil de discernir a primera vista, posando ante paisajes pintados a mano, biombos decorados con aves del paraíso, fondos neutros y solemnes donde en ocasiones se intuye la presencia de un cortinaje vetusto. Un mundo matizado en sus blancos y negros, poblado por mostachos, miriñaques, trajes con borlas y encajes, animales de compañía inmortalizados en ese obstinado estoicismo que ampara a las bestias en los retratos de interior.
Pero en la imagen que Control le había confiado no existían hombres, mujeres o niños. Mucho menos animales. Ninguna escena de interior se representaba en ella. La imagen era la evidencia de una desolación, de un mundo desnudo y a buen seguro hostil, donde la vida debía constituir, cada día, una disciplina compleja. Engastadas en la roca viva, parecidas a celdas en un inmenso panal, un conjunto de estructuras gemelas, poco más que cuadrados trazados sin esmero, se hundían en el lecho de piedra para escapar de algún tormento ancestral: el calor, la arena, el viento abrasador.
Todo en torno a esas grutas excavadas en la entraña terrestre era vacío y planicie, una suerte de yerma e inagotable salina, un horizonte calcinado y devastador por su ausencia de formas, como un paisaje anterior a las estrategias del consuelo. Era esa ausencia de promesas, ese absoluto desprecio a la posibilidad de un lugar donde reposar la fantasía, lo que hacía de la imagen un abismo imposible de ignorar. Vivir en aquella representación sería como vivir al borde de la nada. Algo tan severo que incluso el lenguaje se resistía a nombrar sus poderes.
Y entonces O’Hara revivió el ruego de Control, la quimera que le había propuesto en su residencia del East Village, con obras maestras de la historia de la pintura en las paredes y un confort que iba más allá de lo que la posesión del dinero podía comprar.
Un punto en los mapas, eso había dicho Control. Un punto en los mapas tenía que corresponderse con la fotografía. En alguna coordenada del mundo debía encontrarse el modelo del que la imagen era copia. Control no se permitía pensar en el tiempo que mediaba entre que la imagen había sido capturada y el momento en que su deseo era expresado. Control no se concedía el pensamiento de que quizá aquel fragmento de mundo ya no existiera salvo en aquella cartulina gastada en sus bordes. Control no contemplaba la posibilidad de que el tiempo, el gran tirano, el único en realidad, hubiera podido borrar semejante escenario. No. Un acto de fe gigantesco, del tamaño exacto de su vida, impulsaba a Control a acatar sin asomo de duda el hecho de que en algún lugar, feroz, inalterada y terrible, la imagen que la fotografía representaba esperaba ser reencontrada. "



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