El hombre sentimental (fragmento)Javier Marías

El hombre sentimental (fragmento)

"Había tenido ocasión de observar con minuciosidad y apasionamiento creciente (pero irreflexivo) su persona entera: sus ademanes pausados (como si al moverse ella el espacio se hiciera más denso y opusiera más resistencia), sus gestos faciales ya tan poco españoles (desprovistos de cólera y de displicencia), su voz tan aflictiva y grave que parecía salir a veces de una humareda, sus dilatados silencios que semejaban ausencias antes de contestar a las preguntas súbitas que cambiaban de tema, sus ojos líquidos y ensoñados, sus andares interminables de larguísimas piernas, su expresión perpetuamente nebulosa o disuelta en melancolía, y también su risa ocasional que dejaba al descubierto una dentadura perfecta, blanquísima y grande: una risa africana. Asimismo había podido asomarme a sus gustos: a los gastronómicos, en los numerosos almuerzos y cenas que habíamos compartido y en alguna pastelería; a los indumentarios, al acompañarla de compras un par de veces y verla tocar tejidos: con dedos sagaces y aparecer y desaparecer insistentemente en los probadores mientras Dato y yo aguardábamos sus dictámenes haciendo como que opinábamos; a los de coleccionista, en una subasta importante que se celebró durante aquellos días y en la que ella —por mediación de la mano afilada y fantasmal de Dato, que se elevaba como un estilete al compás de sus deseos— se alzó con dos cuadros (un Díaz de la Peña y un Paret muy pequeño), la edición del centenario de Flaubert completa, y un hermoso cortaplumas diseñado por Ravilious, con hoja de nácar y mango de plata y cuyo gran tamaño lo convertía casi en un cuchillo tornasolado. Pero lo desconocía todo sobre su historia o pasado o vida, fuera de lo poquísimo que la ensimismada y fragmentaria queja de Dato me había permitido entender en la primera y única oportunidad que había tenido de hablar con él a solas (demasiado prematura para que mi curiosidad supiera cómo dirigir sus preguntas) y de los comentarios entusiastas que, al paso y dispersos, dedicaba Natalia Manur a su hermano recientemente emigrado a América, Roberto Monte. (Tanto parecía estimarlo, por cierto, que en más de una ocasión me pregunté si yo no estaría limitándome, sin saberlo, a hacer sus veces para Natalia en la ciudad de Madrid; pues apenas si nos habíamos perdido de vista un minuto del día desde que nos conocimos, como, según Dato, solían hacer ella y Monte cuando se reunían; e incluso, al igual que su hermano —pensé—, yo le había presentado a algunas personas volátiles que no la volverían a ver sin mí, aunque no fueran madrileñas y fueran tan sólo el declinante Hórbiger, el fachendoso Volte, la irresponsable Priés y el belicoso director de la orquesta.) Aún no sabía, por tanto, tras una semana de incondicional presencia, cuáles eran los males de Natalia Manur que Dato decía conocer de memoria. "


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