Las Tablas de la Ley (fragmento)Thomas Mann

Las Tablas de la Ley (fragmento)

"Moisés, aunque le siguieron doliendo los brazos por muchos días, se sintió dichoso. Que continuó siendo un hombre acosado por las preocupaciones, más que ningún otro sobre la tierra, pronto habremos de ver. Pero en un principio, se sintió feliz de la manera en que habían resultado las cosas. El éxodo había sido llevado a cabo; las fuerzas represivas del faraón habían perecido ahogadas bajo la marea, el viaje a través del desierto había sido realizado, y la batalla por Kadesh había sido ganada con ayuda de Jehová. En esos momentos se hallaba en la cima de su prestigio ante el pueblo de Israel, que lo aclamaba como el «hombre que nos condujo afuera de Egipto». Sólo que ese éxito necesitaba, para dar comienzo a su tarea, la purificación y formación de esa gente, a imagen del Invisible; la tarea de modelar esa carne y esa sangre, que tanto anhelaba comenzar. Se sentía feliz por disponer ahora de ella, al aire libre, aislada, habitando en el oasis cuyo nombre significaba santuario. Ése debía ser su taller.
Mostró al pueblo un monte que se divisaba, entre otros, hacia el sudeste del oasis de Kadesh, de nombre Horeb, al que también podía llamarse Sinaí. Cubierto estaba por arbustos las dos terceras partes de sus laderas y desnudo en la cima, donde Jehová tenía establecida su residencia. Esta afirmación no resultaba difícil de aceptar, pues el monte tenía un aspecto desusado, dada su altura y el hecho de que en su cumbre se divisaba una nube que de día tomaba un tinte grisáceo mientras que de noche parecía iluminada. Allí —se dijo al pueblo—, en la ladera cubierta de arbustos, en el límite con la cumbre rocosa, Jehová había hablado a Moisés desde la zarza ardiendo, ordenándole que condujera a su pueblo dilecto afuera de Egipto. Oían esto estremecidos de temor, que por entonces sustituía el recogimiento y la adoración. En verdad, todos ellos, hasta los hombres más valientes, temblaban como cobardes cada vez que Moisés señalaba la montaña coronada por la nube diciéndoles que allí estaba sentado el Dios que había de ser el Único, y que los había señalado como el pueblo de su predilección. Moisés, sacudiendo sus puños, los reprendía por ser pusilánimes y se desvivía por infundirles una actitud más propia y más familiar hacia Jehová, llegando a alzar a tal efecto un altar para Él, en medio del pueblo, en el mismo oasis de Kadesh. "



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