Una educación incompleta (fragmento)Evelyn Waugh

Una educación incompleta (fragmento)

"Algunos chicos de dotes excepcionales habían aprendido a lanzar las pastillas de margarina, con el cuchillo, contra las vigas de roble del techo, donde se quedaban pegadas todo el invierno, hasta que el calor del verano las soltaba y caían, plof, sobre las mesas.
Nos dábamos un baño semanal, siempre a última hora de la tarde. Era una bendición. Pero también era obligatorio asearse todas las tardes, a primera hora, salvo los domingos. Cada dormitorio disponía de dos cuartos con bañera. Rara vez había agua caliente suficiente para que se pudiera cambiar después de cada uso. En invierno, después de jugar al fútbol, uno esperaba su turno para sumergirse en un agua fangosa y tibia. Mientras esperábamos, cuando entrábamos en la bañera embarrada y salíamos de ella, y mientras nos frotábamos con unas toallas que, como los manteles, estaban limpias los domingos y ya hechas un asco los martes, me quedaba patidifuso ante la posibilidad de tener contacto físico con todos aquellos cuerpos desnudos y no me cabe duda de que la repugnancia que sentía se transmitía por sí sola.
No sólo era remilgado, sino también gazmoño y mojigato. Era corriente que los chicos pequeños, los más listos, se ganasen los favores de los más grandes, y más estúpidos, haciéndoles los ejercicios. Es algo a lo que me negué en redondo con el fundamento de que era una práctica deshonesta. Una conciencia mejor formada que la mía habría sabido reconocer que plegarse a esa situación no sólo era más prudente, sino también más caritativo. Mis escrúpulos no me valieron para ser apreciado por nadie.
Me resulta lisa y llanamente imposible identificarme con el alumno solitario de aquella época helada. Todo lo que recuerdo es incoherente. Por ejemplo, tenía un mórbido temor de llamar la atención, de la forma que fuese. El jefe del dormitorio era el encargado de distribuir la correspondencia entre los internos. Yo recibía bastantes más cartas que los demás, y en alguna que otra ocasión me las lanzaba con manifiesta inquina: «Ah, otra para Waugh». Aquello fue motivo suficiente para que escribiera a mi padre y le pidiera que me escribiese con menor frecuencia, aun cuando sus cartas me proporcionaran un gran placer. Por otra parte, desafiaba las convenciones al arrodillarme en el incarnatus, en el credo de la Sagrada Comunión. Era la costumbre que había adoptado en St. Jude, pero nadie lo hacía en Lancing. Durante el primer trimestre permanecía en pie, como todos los demás. Durante las primeras vacaciones tuve remordimientos, como si hubiera traicionado mis propias convicciones. "



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