Incierta gloria (fragmento)Joan Sales

Incierta gloria (fragmento)

"Sin Luis y sin Solerás la brigada se me aparecía como vacía de sentido. Ahora conocíamos con muchos detalles y sin que cupiera la menor duda todos los horrores que se habían visto en la retaguardia mientras nosotros estábamos en el frente; hacía meses que los incendios de iglesias y las matanzas de curas habían cesado, pero habían dejado un mal recuerdo que sólo el restablecimiento del culto público hubiera podido borrar. Ahora bien, los meses iban pasando y empezó a perderse esta esperanza que nos había sostenido en los peores momentos, los del desbordamiento anárquico, la esperanza de que el desorden era pasajero, de que el gobierno autónomo recobraría su autoridad y daría a la guerra el único sentido que podía valer a los ojos de todos nosotros. Los meses pasaban y a los «gritos extraños» del comienzo sucedían otros «gritos extraños»; uno se perdía, ya no comprendía nada, cada vez se sentía más cansado y desencantado. Tanto sacrificio, tanta sangre, tanto esfuerzo. ¿Para qué? ¿Qué es lo que defendíamos? ¿Por qué no se restablecía la libertad del culto católico, que era el de la mayoría de los catalanes? Había momentos en que sentía como un remordimiento, o al menos una duda, de pertenecer al bando republicano; este sentimiento se me había agudizado mucho desde que me encontraba tan solo, sin Luis y sin Solerás.
Sin ellos, había caído en una depresión de la que nada podía sacarme. Por otro lado, los combates iban de mal en peor, las desbandadas eran cada vez más frecuentes. Nuestras compañías de fusileros–granaderos tenían que tomar por asalto las trincheras enemigas sin estar protegidas en su avance por los tanques ni por los aviones, ni apenas por un fuego sostenido de artillería; encontraban las alambradas intactas, que debían cortar con podadoras bajo los fuegos cruzados de las ametralladoras enemigas. Muchos de ellos, acribillados a balas, quedaban colgados de los espinos, donde se secaban al sol y al lento helado de la estepa aragonesa.
Aun así, hubo un momento de calma que recuerdo, sobre todo, por las cabañas, como ahora explicaré; una calma que duraría poco. Creíamos, en aquel momento, que el frente volvía a mantenerse estable después de tantos vaivenes y que nos tocaría invernar en las líneas que finalmente habíamos ocupado.
El otoño avanzaba y era muy lluvioso. Aquel país que habíamos conocido tan reseco unos meses antes, ahora se había convertido en un lodazal donde la marcha de los hombres e incluso de las muías se hacía cada vez más difícil; éstas se hundían casi hasta las cinchas en los pasos bajos, en el fondo de los barrancales, y los torrentes venían llenos. Si los aguaceros persistían, y todo hacía presumir que así sería porque cada vez iban llegando nubarrones más oscuros y más densos, resultaría imposible llevar a cabo las operaciones en toda aquella zona a causa del barro; el comandante indicó a los batallones de línea la conveniencia de acampar como pudiesen en previsión de tener que pasar allí el invierno. "



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