El mago de Lublin (fragmento)Isaac Bashevis Singer

El mago de Lublin (fragmento)

"Desde el teatro a la casa de Emilia, situada en la calle Krolevska, la distancia era corta, pero, no obstante, Yasha alquiló un droshky para hacer el recorrido. Ordenó al cochero que fuera despacio. En el interior del teatro hacía calor, pero fuera, soplaban frías brisas que llegaban del Vístula y del bosque de Praga. Las farolas de gas de las calles arrojaban su resplandor lleno de sombras. El cielo radiante estaba en cambio esplendorosamente iluminado por las estrellas. Sólo se tenía que levantar la vista hacia el infinito y el espíritu se elevaba inmediatamente. Yasha conocía poco de Astronomía, aunque había leído varios libros relacionados con el tema. Incluso había visto a través de un telescopio los anillos de Saturno y las montañas de la Luna. Dondequiera que la verdad pudiera encontrarse, había una cosa incuestionable: que el cielo era inmenso, ilimitado. La luz de las estrellas tardaba miles de años en llegar hasta nuestros ojos. Las estrellas fijas que centelleaban en el cielo eran soles, cada uno de ellos con sus propios planetas, que, probablemente, eran otros tantos mundos. Aquella pálida mancha que se veía era, probablemente, lo que se llamaba la Vía Láctea, una franja compuesta por infinitos millones de cuerpos celestes. Yasha nunca se perdía los artículos astronómicos y de otros temas científicos que aparecían en el Courier Warsjawski. Los hombres de ciencia hacían constantemente nuevos descubrimientos. El cosmos no se medía ya por kilómetros, sino por años-luz. Se había inventado un mecanismo capaz de analizar los componentes químicos de la estrella más lejana. Eran construidos telescopios cada vez mayores que revelaban los secretos del espacio. Se predecían con exactitud cada uno de los eclipses del Sol y de la Luna y el regreso de todos los cometas. Yasha reflexionaba en aquellos momentos lo que podría haber sido de él si se hubiese dedicado a completar su educación en lugar de dedicarse a la magia. Pero ahora era ya demasiado tarde.
El droshky iba por la plaza Alexander, paralela a los Jardines de Sajonia. Yasha respiró hondamente. En la oscuridad, el parque parecía estar lleno de misterio. Se veían pequeñas lucecitas en la profundidad de la espesura. De la vegetación, salían aromas turbadores. Yasha se llevó a los labios la mano enguantada de Emilia y le besó la muñeca. Volvía a sentir de nuevo amor por ella. Deseaba su cuerpo. Tenía el rostro envuelto en sombra. Sus ojos brillaban como joyas gemelas, salpicadas de oro, de fuego, de nocturnas promesas. Al ir hacia el teatro, le había comprado una rosa que ahora exudaba un olor embriagador. Yasha acercó su nariz a la rosa y le pareció que aspiraba todo el aroma del universo. Si un poquito de tierra y de agua eran capaces de crear semejante aroma, determinó que, indudablemente, la Creación no podía ser una mala cosa. "



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