Eterno reposo (fragmento)Vassili Grossman

Eterno reposo (fragmento)

"Una suegra y una nuera tienen una buena relación, tranquila y sin sobresaltos. Esa armonía descansa en el hecho de que la anciana haya cedido su habitación independiente a la joven pareja, a cambio de trasladarse a una de paso. Más tarde les dejó su cama para acabar durmiendo en una plegable. Después llegó el turno del armario, que fue a parar a la nuera, mientras la vieja trasladaba su ropa a una caja de contrachapado colocada en el pasillo. Como a la nuera no le gustaban las plantas, porque según ella cargaban el ambiente, la suegra tuvo que desprenderse de sus pitas y ficus, que había cuidado durante años. En una ocasión, a la nuera le advirtieron que el gato de la casa podía contagiarle a Svétochka, su hija, unos parásitos, por lo que la anciana se tuvo que desprender también del viejo animal, que había llegado a aquella casa cuando Andréi, el papá de Svétochka, era todavía un niño al que todos llamaban cariñosamente Andriusha. La vieja envolvió al gato en un pañuelo limpio y lo llevó a sacrificar. Lo que más le afectó fue que el animal, absolutamente confiado, dormitara tranquilamente en sus brazos durante su último viaje. Con todo, la anciana no se pronuncia y su hijo, tampoco, Ella se da cuenta de que él la rehúye, al tiempo que él es consciente de su indefensión. Viendo la impotencia del hijo, la anciana asiente con su cabeza temblorosa de pelo blanco en actitud conciliadora, mientras oye durante horas su apresurado y servicial «Mílochka, cariño…» dirigido a la esposa.
Un hombre, ahora ya mayor, se ha desvivido toda su vida por la familia: hacía horas extras en el trabajo, prefería recibir una compensación en dinero antes que coger vacaciones, hacía guardias los días festivos y en Nochevieja porque se pagaban el doble, no salía con los compañeros ni para tomar una cerveza. «Se ve que eres el más necesitado», le decían sus camaradas. «Tengo familia, qué se le va a hacer», se justificaba él, incómodo. Sin duda su familia era numerosa, pero aun así jamás le había faltado comida y ropa, y todos los hijos fueron a la universidad y se independizaron. Ahora el viejo está paralítico. Sus hijos intentaron por todos los medios que lo admitieran en algún hospital especializado pero no lo consiguieron. No les queda otro remedio que tenerlo en casa, darle de comer como a un niño pequeño, hacerle la cama y cambiarle el bacín. No puede moverse y ha perdido el habla, aunque conserva la vista y el oído, por lo que es capaz de ver las caras de sus hijos y oír lo que dicen. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com