La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo (fragmento)Bohumil Hrabal

La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo (fragmento)

"Yo no tenía ganas de regresar a casa, me escondía en un rinconcito, parecía la imagen viva del poema «El pobre huerfanito» que teníamos en un libro escolar, no me apetecía volver a casa, aunque allí siempre se estaba calentito y había música y la compañía de gente joven y guapa de la ciudad, que por la noche se visitaban los unos a los otros y hablaban de teatro y de cultura y bebían cerveza y más de una vez había pasado que al día siguiente de la fiesta, por la mañana, mi madre se enfadaba porque alguno de nuestros invitados se había equivocado y en vez de ir al lavabo había entrado en la despensa y en vez de hacer pipí en la taza del váter lo había hecho en la marmita llena de manteca… Y lo que hacía mi madre entonces era quitar el pis y por la noche, una vez los invitados se habían reunido, servirles la manteca en la misma marmita, y les ponía cuchillos y les ofrecía pan recién sacado del horno y les invitaba a servirse y les deseaba buen provecho… Y los invitados se untaban una rebanada tras otra y comentaban: «Qué manteca, vaya, se nota a primera vista cómo se alimentan los cerdos en una fábrica de cerveza…», Y yo les miraba con los mismos ojos que mi madre, ella no hacía nada más que pagarles con la misma moneda, y a mí me parecía bien, era lo que se merecían, me resultaban antipáticos, parecían demasiado perfectos, tanto que en su presencia yo tenía un complejo de inferioridad y no sabía qué decir y me ponía rojo como una gamba y me quedaba mudo y nadie me sacaba ni una palabra. Cuando los comparaba con los obreros que pasaban delante de mí con sus botas empapadas, envueltas en sacos, nuestros invitados me resultaban ridículos con sus zapatos a medida o más bien demasiado pequeños, porque en aquella época estaba de moda que los hombres lucieran pies pequeños, a menudo me quedaba observando a nuestros invitados, que salían a dar una vuelta y se apoyaban en el muro de la cervecería como para contemplar el río y los campos y la ciudad, en cambio lo que hacían en realidad era darse un masaje en los pies porque llevaban los zapatos un número más pequeño de lo que les correspondía; sufrían, pero eran elegantes. "


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