El dolor (fragmento)Marguerite Duras

El dolor (fragmento)

"Rabier está casado con una joven de veintiséis años. El tiene cuarenta y uno. Tiene un niño que debe de tener entre cuatro y cinco años. Vive con su familia en las afueras de París. Cada día viene a París en bicicleta. Creo que nunca supe qué le decía a su mujer sobre lo que hacía con su tiempo. Ella ignoraba que fuese de la Gestapo. Es un hombre alto, rubio, es miope y lleva gafas con montura de oro. Tiene una mirada azul, que ríe. Detrás de esa mirada se adivina la salud que rebosa el cuerpo. Es muy aseado. Cada día se cambia de camisa. Cada día los zapatos limpios. Tiene las uñas inmaculadas. Su limpieza es inolvidable, meticulosa, casi maníaca. Debe de haberla convertido en una cuestión de principio. Viste como un señor. En ese trabajo hay que tener aspecto de señor. El que golpea, el que lucha, el que trabaja con armas, sangre, lágrimas, se diría que actúa con guantes blancos, tiene manos de cirujano.
Transcurridos los primeros días de la desbandada alemana, Rabier dice, con una sonrisa: «Rommel va a contraatacar. Tengo informaciones».
Acabamos de salir de un bar de la zona de la Bolsa y estamos andando. Hace buen tiempo. Hablamos de la guerra. Siempre había que hablar, para no parecer triste. Hablo, digo que desde hace varias semanas el frente de Normandía se ha estancado. Digo que París está hambriento. Que el kilo de mantequilla vale trece mil francos. Él dice: «Alemania es invencible».
Andamos. Mira con atención todas las cosas que le rodean, las calles vacías, la multitud en las aceras. Los comunicados son terminantes, su frente va a desmoronarse de un momento a otro, el mundo entero espera ese momento, el primer retroceso. Él mira París con amor, lo conoce muy bien. Ha detenido a gente en calles semejantes a éstas. En cada calle, sus recuerdos, sus alaridos, sus gritos, sus sollozos. Estos recuerdos no hacen sufrir a Rabier. Son los jardineros de ese jardín, París, de esas calles que ellos adoran, ahora exentas de judíos. No recuerda más que sus buenas acciones, no recuerda en absoluto haber sido brutal. Cuando habla de las personas a las que ha detenido se enternece: todos han comprendido la triste obligación de hacerlo que pesaba sobre él, nunca le han causado dificultades, todos, encantadores. "



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