Ángulo de reposo (fragmento)Wallace Stegner

Ángulo de reposo (fragmento)

"Ninguno de aquellos cornuallenses, hombres o mujeres, le atraía. Los encontraba rudos, recordaba la amenaza de cencerrada y los dos barriles de cerveza que obligaron a Oliver a pagarles de su escasa bolsa, y encontraba que su acento era de bárbaros. Y cuando paseaba con Forastero y se encontraba por las pistas hombres de cara morena y mujeres que la saludaban con cortesía seria y se hacían a un lado para dejarla pasar mientras la miraban con sus ojos indios, se sentía tentada por la imagen que componían, pero no se le hubiera ocurrido pensar en que fueran sus compañeras más que sus burros. Con el tiempo llegaría a conocer muchos de sus rostros, pero ninguno de ellos eran personas.
Cuando se cansaba de pasear por las escasas pistas que las instrucciones de Oliver le permitían —lo que él llamaba su campo para patear— se ponía a trabajar en los grabados para La letra escarlata. Si se cansaba de dibujar, leía en la veranda, sobre todo libros que Thomas Hudson, que no dejaba de acordarse de ella, le enviaba al exilio. Si estaba esperando a Oliver se mantenía del lado que daba frente a la pista y a los picos de montañas del sur, pero de vez en cuando, para sorpresa propia, iba andando hasta la esquina y miraba desde allí las colinas que se desplomaban hacia el valle. Escribía muchas cartas. Un número nuevo de Scribner's, que traía cosas de las personas que en otro tiempo llenaban el porche de verano de Milton, le resultaba tan precioso como una carta de Augusta o de casa.
Silenciosos pájaros blancos y negros de pecho anaranjado se movían entre los arbustos bajo ella. Aquí o allá uno de ellos volaba hasta un roble y silbaba un chiui-chiui hacia el bosque callado, polvoriento. Eso y el cacareo de las codornices era el único canto de pájaros, una dieta de hambre después de oír los petirrojos, zorzales y jilgueros en los veranos de Milton.
Oliver estaba fuera desde antes de las siete hasta después de las seis, seis días a la semana. Ella vivía para las tardes y los domingos. Cada noche después de la cena se sentaban juntos en la hamaca y contemplaban el sol abandonar la cresta flotante de las montañas de San José hacia el este y la masa de aire espeso, oscurecido y polvoriento del valle encenderse y luego desaparecer. Imagino que se sentía al mismo tiempo atrapada con él y abyectamente dependiente de él. Los dos se fijaron en lo mucho que estaban cogidos de la mano. "



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