La bandera inglesa (fragmento)Imre Kertész

La bandera inglesa (fragmento)

"Se reclinó en el asiento; todo parecía indicar que había de renunciar a su propósito. Le ardían los ojos por el esfuerzo; los entornó para darles un descanso al tiempo que apoyaba la nuca en el reposacabezas; luego volvió a abrirlos sin más, sin pensar en nada, solamente porque tornaba a sentirse más descansado, y se enderezó asombrado: ahora que no contaba con nada, he aquí que, de súbito, la ciudad empezó a hablar. ¿Qué había ocurrido? En ese momento, el enviado apenas supo explicárselo. El error residía, evidentemente, en el método, en el método que había seguido hasta entonces con tesón y terquedad, al considerarlo el más adecuado para su objetivo. Sólo se había concentrado en las esquinas, en los cruces, en partes de la calles, deseoso de extraer algo determinado de componentes indeterminados, de conseguir un conjunto sólido a partir de detalles fugaces: el fracaso tenía que producirse, pues, con la lógica propia de lo necesario. No le tendieron una trampa: él cayó en ella, y jamás lo habrían inducido a error si él mismo no se hubiera equivocado. Debería haber previsto que los detalles se ponen al mismo tiempo la máscara de la intemporalidad y la del instante fugaz, sonriente y cotidiano, y que la mirada empeñada en conseguir su objetivo se desliza impotente por esa superficie resbaladiza. En el momento, sin embargo, en que ya no esperaba nada, en que la mirada desanimada recorría sin meta alguna y, por así decirlo, distraídamente los pisos superiores de los edificios, en ese momento, con la ayuda del ángulo de incidencia de la luz y de la impresión de un color dominante que habían olvidado cambiar o que no podía variar, alcanzó de pronto la meta. ¿Qué color era ese? Emanaba de todos los edificios de manera tan uniforme, era tan inmenso, sólido y evidente, que el enviado casi tuvo que hurgar en busca de su nombre: amarillo. Pero ¿decía este nombre algo respecto al color? ¿Se acercaba la serie convencional de sonidos, el adjetivo tan abstracto como vacuo, a esta revelación explosiva y, sin embargo, inasible y fugaz? El enviado contemplaba, inmóvil y fascinado, el color; de hecho, no lo miraba, sino que lo absorbía como una fragancia volátil, lo rastreaba con todos los sentidos y lo atrapaba con cautela, pero también con decisión, para sacarlo de allí y apropiarse de él. No cabía la menor duda de que ese color envuelto en resplandor era intemporal; sin embargo, únicamente el instante cotidiano lo volvía asible; un instante del todo diferente, empero, que sólo podía encontrar bajo la presión implacable del engañoso presente y que no tenía ninguna representación en el mapa, ningún equivalente en el inventario de objetos que pudieran ofrecer la necesaria certeza. La fortuna le había llegado traída precisamente por aquello que había intentado desechar mediante un trabajo sistemático: el azar, ese elemento nunca previsto en las pesquisas y, sin embargo, imprescindible. No necesitaba, pues, el frío cálculo sino la sorpresa inesperada; se había dedicado a investigar aquello que le ocultaban cuando, de hecho, debería haber intentado captar lo visible; consciente o no, siempre perseguía lo que siempre desatendía: ese amarillo, ese conocimiento salvaje, estremecedor; y con el conocimiento que era obra del instante presente surgía al mismo tiempo otro momento buscado en vano hasta entonces, el momento de la ciudad que se había ocultado ante él, que se reservaba para él y al que sólo él podía insuflar vida; y he aquí que todo era irrefutable, comprobado y dolorosamente cierto. "


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