Porque sí (fragmento)Daniel Glattauer

Porque sí (fragmento)

"Abajo, en las calderas, todavía había luz. Me imaginé que allí estaba Helena Selenic esperándome. «Ha llegado el momento de nuestro café», susurraba; me tomaba las manos y se las llevaba a las caderas. La fantasía no acabó en absoluto cuando dejé atrás el edificio; al fin y al cabo, ambos estábamos solos en aquella sala y hacía mucho tiempo que yo no tenía sexo. Pude sentir su cuerpo semidesnudo y a ella no le pareció mal que no pudiera controlar mi erección. Mi aventura acabó de manera abrupta, mientras corría…
La octava vez que pasé por delante del edificio, ya no había luz. Creí oír voces. Quizás fueran mis jadeos, conversando sobre el mal tiempo con el aire puro de noviembre. Aceleré mi tempo y entonces las voces aumentaron de volumen. Venían directas hacia mí. Dada mi cobardía, fui demasiado lento mentalmente como para poder huir y me faltó la capacidad de reacción suficiente para dar media vuelta; era demasiado tarde cuando me di cuenta de que me encaminaba directo hacia mi final.
El vivero estaba en una zona escarpada y la oscuridad se tragaba el suelo que se deslizaba bajo mis pies; de repente, un obstáculo me desvió de mi trayectoria: tropecé, perdí el equilibrio y me di un fuerte golpe con el hombro contra el asfalto, probablemente contra el muro de Berlín. Entonces supe qué era lo que acababa de pasar, pero me negaba a verlo. No sabía si eran dos o tres. Uno me cogió un brazo y me lo llevó por la muñeca hasta la espalda. Uno me agarró por el cuello y me dio unas sacudidas. Uno me tomó por el pantalón del chándal, me levantó y me colocó sobre sus hombros. Me arrastraron durante unos cuantos metros como si fuera un saco de harina, oí el chirrido de una puerta: nos encontrábamos en una habitación oscura y caliente; probablemente en la carpintería. Uno de ellos me desplomó contra el suelo y me colocó allí en una postura en la que yo quedaba medio sentado mientras él me agarraba por detrás como si estuviéramos en un trineo, oprimiéndome la tripa con uno de sus anchos brazos. Por delante, me agujereó la mejilla con un dedo hasta que logró abrirme la boca. Entonces, me metieron un líquido dentro. Yo pensé en gasolina, en fuego, y en que no hay vida después de la muerte. Era aguardiente, con una gradación que debía de andar alrededor del 100% de alcohol. Me supo a anestesia para lo que vendría después. Yo no tenía miedo. Ya era demasiado tarde para tenerlo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com