La sibila (fragmento)Par Lagerkvist

La sibila (fragmento)

"Barría el piso del templo y las gradas de acceso, lo lavaba y sacaba con su escoba toda la suciedad que dejaban los visitantes. Conservaba todo perfectamente limpio para dios. Y lo hacía todo escrupulosamente, de modo que el templo estaba siempre hermoso y atrayente. Ése era su quehacer principal, pero tenía, además, muchos otros. Traía el laurel desde el bosque sagrado, llenaba las fuentes de agua lustral de la entrada del templo, alimentaba con hierbas y huevos de pájaros a las pequeñas serpientes que vivían entre los miasmas del oráculo, hachaba la leña para el fuego eterno de los altares del santuario y cuidaba que no se apagara nunca porque, aun cuando esa responsabilidad no era suya, era él, de todos modos, quien lo hacía. Atendía, por fin, a que todo estuviera en orden en el lugar sacratísimo y en los días de oráculo ayudaba en todo, como ya lo he dicho. Se preocupaba por todo, pero no por eso le agradecieron mucho. Los sacerdotes lo trataban con condescendencia y a menudo con aspereza, excepción hecha de los superiores, que nunca le dirigían la palabra. A juzgar por el trato que recibía se diría que era completamente inútil, pero la verdad es que él era quien tenía todo en orden, y estoy segura de que dios debía de sentirse muy satisfecho de él. Amaba y veneraba el templo como nadie, el templo era la niña de sus ojos, pero también amaba a dios. Pero no lo amaba en forma ostensible ni hablando de él demasiado, sino de la misma manera que amaba sus quehaceres, sus obligaciones, las faenas de la limpieza cuya gran importancia comprendía muy bien. Velaba por la casa de dios, estaba permanentemente trabajando de algún modo para él y mucho era lo que así tenía que hacer, pero eso no le significaba nunca un problema ni una molestia. Para él todo aquello significaba mutua amistad y confianza y de ningún modo la posibilidad de una gran distancia que pudiera separarlos. Sólo era un simple servidor, pero no conocía la angustia ni la duda; se sentía un poquito apartado, nada más, pero como un buen amigo de dios. Lo servía modestamente, y todo era natural y habitual entre ellos. Era hermoso ver cómo procedía y poder participar un poco de la paz que lo rodeaba. Ha sido, sin duda, el hombre más feliz que he conocido. Estaba convencido de que ésa era la finalidad de cuanto hacía y de que era un buen amigo de dios.
No resulta, pues, raro que no se interesara por las cosas que seducían a los demás ni por como lo trataban; además, como dije, estaba seguro de que eso no tenía importancia. Era igualmente tan crédulo y tan desprevenido con respecto a los demás que su ingenuidad resultaba impresionante hasta el punto que a veces uno tenía que reírse de él. Iba de un lado para otro, siempre benévolo y sonriente, mostrándose amistoso con todos, aun con quienes nunca le correspondían de la misma manera. Vivía para sus sencillos y minuciosos quehaceres, con una bondad constante que él mismo ignoraba. Era tan bueno que ni siquiera tenía conciencia de su bondad. "



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