El viejo soldado (fragmento)Héctor Tizón

El viejo soldado (fragmento)

"Él sentía unas ganas furiosas de ser de otra manera, de hablar y decir las cosas que suelen decir los demás, de ser como todos. Sentía necesidad de abrazarla, de estrecharla con fuerzas y de que huyera, ahora, en ese mismo momento cuando aún había tiempo. Que lo dejara solo. ¿Le habría gustado eso? Gustar no es la palabra. Pero sí le hubiera gustado recordarla así, alejándose de él, convirtiéndose en otra. Al fin y al cabo tampoco soportamos la felicidad durante mucho tiempo. ¿Pero, por qué buscaba perder, ya por entonces? ¿Cuál era la oscura culpa que lo llevaba a luchar para perder? Al final del sendero se tumbaban entre los árboles y él la poseía con impaciencia, con innecesaria premura, con un deseo intenso semejante al dolor.
Durante los meses que pasó en la cárcel no tuvo conciencia del tiempo. Había leído alguna vez que los presos suelen sumar los días o los meses haciendo una marca en el muro. Nunca lo hizo, ni siquiera pensó en eso. En la cárcel se sentía tranquilo, con una tranquilidad embotada e irreflexiva, como si el mundo exterior le hubiese sido siempre ajeno. Sabía, por otra parte, que ya preso cesarían los golpes y las torturas y que la vida en adelante sólo sería una sucesión de días breves y largas noches, y aún sólo de noches o seminoches, desde el día en que llegaron a cegarle la pequeña ventana de la celda. Esa ventana que no era mayor que la cabeza de un hombre y que estaba demasiado alta como para ver hacia afuera incluso parado en puntas de pie.
Un hombre de mediana edad, de cara aindiada, flaco y fuerte llegó con una maleta de herramientas, delante de un guardián que se detuvo a la entrada de la celda. El hombre, que tenía una colilla de cigarro apagada en la boca, comenzó a sacar sus herramientas del maletín: una lamparilla para soldar, unas tijeras de cortar latón y una gran plancha, también de grueso latón. Midió el hueco de la ventana y luego recortó la planta. "



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