Diez mujeres (fragmento)Marcela Serrano

Diez mujeres (fragmento)

"Cuando abandoné a Octavio, no hubo nadie que no me dijera que yo era una tonta, una loca. Sucedió así: estaba yo deprimida, en terapia con Natasha y tomando los medicamentos del caso. Él entendía bastante poco de lo que me ocurría. Para él, conectarse con las emociones es un ejercicio prescindible. Trataba de apoyarme pero como no entendía nada, su apoyo resultaba irrelevante. Creía que debía «sacarme de la depresión» inventando formas de diversión para mí. Decidió que nos fuéramos a China, que el viaje me haría mejorarme. No captaba el sacrificio que era para mí salir de la cama… Arrendé una casa en la playa para pasar una temporada ajena a cualquier presión con el compromiso de que él me visitaría los fines de semana. El primer viernes en la noche llegó, encantador, con un lindo canasto lleno de cosas ricas que a mí me gustan especialmente: paté, queso brie, pan campesino, vino tinto. Me dijo cuánta falta le había hecho, lo vacío que estaba todo sin mí. Comimos en la cocina, muy cerca uno del otro, y esa «nada-adolorida» de mis días deprimidos pareció alivianarse. Al subir al dormitorio, miró a su alrededor y muy desconcertado preguntó: ¿y dónde está la tele? No hay tele en la casa, le contesté. ¡Pero cómo has arrendado una casa sin tele! Bueno, me defendí, en mi condición es un alivio. Entonces subió la voz: ¡pero si esta noche transmiten el partido del Barça con el Real Madrid!, me vine temprano de Santiago para poder verlo aquí. Lo siento, le contesté un poco asustada por no haberle avisado, pero podemos llamar a las niñitas para que te lo graben. Se encendió la tecla y a gritos me acusó de egoísta, de no pensar en él y de maltratarlo. La deprimida soy yo, Octavio, apenas puedo hacerme cargo de mis propias necesidades. Me miró, rojo, furioso, hecho un energúmeno, tomó las llaves del auto y partió. Por la escalera gritó: ¡no vuelvo más a esta casa! Lo miré irse y pensé en lo aterrador que era ser testigo de cómo un hombre lúcido e inteligente se transformaba en un idiota, todo en un segundo. Mi depresión era un detalle al lado del partido del Barcelona. Me sentí como aquel tonto de Steinbeck que, a falta de otras pieles, acariciaba ratones, con el dedo adentro del bolsillo. Efectivamente, no volvió. Por teléfono le recordé mi condición y mi estado de fragilidad y le pedí que viniera a verme. Pues no lo hizo. La ira se había desbordado. Cuando volví a Santiago, dos semanas después, lo dejé. "


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