Casi inocentes (fragmento)Pedro Ugarte

Casi inocentes (fragmento)

"Bajé en ascensor hasta la planta baja. A la entrada, las miradas de las chicas de recepción denunciaban algo sobre mi vida privada, un trato excesivamente íntimo con sujetos como aquel que me esperaba, quizás la sospecha de que, más allá del trabajo, había en mi vida algo pervertido, o anárquico, o sencillamente irreal. Lo alarmante era que en la reglamentada ordenación del edificio se hubiera abierto una grieta, dejando ver al fondo un cuadro sórdido y procaz. Piotr Kubiak estaba sentado en un sofá, junto a una de esas mesas bajas donde se amontonan las revistas. Leía con absoluta concentración un ejemplar de nuestro boletín interno (ese boletín que realmente nadie leía nunca), y anotaba como siempre en un papel palabras o expresiones que aún desconocía. No traía el aspecto de digna pobreza con que había visitado nuestra casa sino su traza habitual: una negligencia en el vestir que suscitaba toda clase de cautelas. Su aspecto era miserable. Llevaba una chamarra arrugada, corta, varias tallas más pequeña que la que habría necesitado, y unas sucias zapatillas deportivas. La horrenda cicatriz de su cara completaba un cuadro dantesco. Quizás sólo para mí aún era visible su mirada intensamente azul, sus ojos de ángel nórdico e inocente. Al acercarme a él me detuvo uno de aquellos tipos que se esmeraban en mostrar un aspecto atildado, muy por encima de su auténtico sueldo, preguntándome quién era aquel individuo. No contesté. Cuando me acerqué a la mesa, Kubiak se levantó accionado por un resorte de inmediata cortesía. Invité a Kubiak a un café. Quería sobreponerme a la desconfianza general y exhibir en mi trabajo un reducto de autonomía, la seguridad de alguien que es capaz de acoger a un amigo con orgullo, desafiando las convenciones de una empresa llena de petulantes licenciados, de señoritas inquietas por su aspecto y de jefes tan acomodados al ejercicio de la autoridad como los depredadores lo están a la acechanza. Junto a la máquina de café y mientras hablaba con Kubiak, Larraga llamó un par de veces por el móvil. No contesté, seguro de que ideaba urgencias inexistentes para obligarme a regresar. El polaco empezó por disculparse. Quizás no había sido una buena idea venir a mi trabajo. Quizás su aspecto, adivinó, no era el más apropiado para una empresa como aquella, ni su tiempo, todo el tiempo del mundo, algo soportable para tanta gente ocupada en cosas importantes. Disipé aquellos reparos como si fueran una tontería y entonces Kubiak empezó a hablar de sus problemas. Se le hacía muy difícil hablar de sus problemas. Necesitaba un trabajo, alguna clase de trabajo. Debía bastante dinero en la pensión y ya no sabía adónde recurrir. Últimamente había trabajado cargando y descargando cajas en un mercado, pero siempre les resulta difícil conseguir algo estable a los extranjeros. "


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