El desconocido (fragmento)Carmen Kurtz

El desconocido (fragmento)

"Aún estaba demasiado débil. Seguramente no llegaba a acostumbrarse a las bebidas. La charla se le antojaba insustancial y deseaba encontrarse otra vez en casa, a solas con Dominica. Ella también parecía lejana. Muchos abrazos, apretujones y protestas de amistad. ¿Por qué pensaba en los otros? Con los otros nunca se golpeó ni apretujó de aquel modo. La amistad allá tenía otra dimensión. Un apretón de manos. A veces, ni siquiera eso. ¿Germán? Era mejor no pensar en Germán mientras escuchaba la cháchara en torno suyo. Porque «la salsa está menos lograda que de costumbre», el civet de liévre tenía un fallo de acidez.
¿Por qué cada vez que se sentaba a la mesa pensaba en los otros? No debía hacerlo. Debía aniquilar su pensamiento y ordenarle que obedeciera. Él ya pertenecía al montón de acá. Su obligación era interesarse por los problemas de acá. El mundo entrevisto en los periódicos debía ser en el menos tiempo posible su mundo. Aunque él supiera que también ese mundo de los periódicos fuera nada más una parte del mundo. Si los otros pudieran verle, nada le agradecerían aquella bola estropajosa que se le hacía en el cuello ni la profunda decepción que le producían cuantos le rodeaban. Era imposible vivir entre dos mundos, sufriendo por ambos y no contentando a ninguno. Aquellos que le invitaban, ¿qué tal les sentaría aunque sólo fuera una semana de régimen de campo? Recordaba las porquerías, las vilezas que se llegaron a cometer por algo que tuviera aspecto de comida. Y ahora tenía que escuchar serenamente tonos peyorativos hablando de una salsa alambicada. Ahuyentó sus pensamientos. Muchas veces se hizo la promesa: «Quiera Dios que no sea mezquino. Quiera Dios que esta prueba me afirme y no me destruya. Puedan mis fuerzas, que han bastado para soportar las grandes cosas, ser también suficientes para soportar las pequeñas».
La conversación derivaba sobre temas familiares. Los hijos, los estudios de los hijos. Todos los tenían y hablaban de ellos.
Muchas veces pensó en el hijo que no vino durante los dos primeros años de matrimonio. No lo había deseado desmesuradamente. Fueron dos años de vacaciones, tan cortos para él y Dominica que no se dieron cuenta de que pasaban. Cuando al fin Mercedes Silva, con mucha discreción, había preguntado: «¿Qué pasa?», recordaba perfectamente que él había mirado a Dominica y se había echado a reír. No pasaba nada. No venía, y eso era todo. «Pues será conveniente consultar a un especialista.» Habían dicho que sí. Que irían. Fueron. Nada anormal. Tal vez Dominica era muy joven. Infantil. Un tratamiento. Insuflación. Total, lo habían dejado para más adelante. Y él se había marchado antes de tener tiempo para aquel hijo. Allá lejos había pensado mucho en ello; mucho más que cuando estaba en Barcelona. De haber tenido un hijo, Dominica habría guardado algo suyo. Algo de él.
Contempló a Dominica a través de la mesa. También ella parecía ausente. Dominica vaciaba su copa.
Aquella noche soñó con Florencio. "



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