Un cuarto propio (fragmento)Virginia Woolf

Un cuarto propio (fragmento)

"Así, me dije, cerrando la vida de Mr. Oscar Browning, y apartando el resto, es harto evidente que aun en el siglo XIX la mujer carecía de todo estímulo si quería ser artista. Al contrario, la desairaban, le pegaban, la sermoneaban y la exhortaban. La necesidad de hacer frente a esto y de refutar aquello, tiene que haber torcido su mente y disminuido su vitalidad. Porque otra vez estamos dentro de aquel complejo masculino tan interesante y oscuro que ha influido tanto en el movimiento de la mujer: ese arraigado deseo, no de que ella sea inferior sino de que él sea superior, que lo sitúa no sólo a la cabeza de las artes, pero también cerrando el camino a la política, aun cuando el riesgo parezca mínimo y la postulante humilde y leal. Hasta Lady Bessborough, recuerdo, con toda su pasión por la política, tuvo que doblegarse humildemente y escribir a Lord Granville Leveson-Gower: «… a pesar de toda mi violencia política y lo mucho que he hablado sobre ese tema, convengo con usted que ninguna mujer debe entrometerse en ese u otro asunto serio, salvo para dar su opinión (si se la piden)». Y luego emplea su entusiasmo en un tema sin riesgo, en aquel tema infinitamente importante: el primer discurso de Lord Granville en la Cámara de los Comunes. Por cierto, el espectáculo es muy extraño, pensé. La historia de la opinión de los hombres a la emancipación de las mujeres es quizá más interesante que la historia misma de esa emancipación.
Podría ser objeto de un libro divertido si alguna joven estudiante de Girton o de Newnham acumulara ejemplos y dedujera una teoría —pero precisaría guantes gruesos en las manos y barras de oro macizo para protegerla—.
Pero lo divertido ahora, recordé, cerrando a Lady Bessborough, tuvo que ser desesperadamente en serio algún día. Opiniones que uno pega en un libro rotulado Cocorocó y que uno guarda para leer a auditorios selectos, alguna vez arrancaron lágrimas, les aseguro.
Entre sus abuelas y bisabuelas hubo muchísimas que lloraron a mares. Florencia Nightingale gritó fuerte en su agonía. Además a ustedes, que han ingresado en la Universidad, y gozan de saloncitos —¿o quizá únicamente dormitorios?— les es muy fácil resolver que el genio debe despreciar tales opiniones; que el genio debe estar muy por encima de lo que digan de él. Por desgracia, son precisamente los hombres y las mujeres de genio los que más se preocupan de lo que se dice de ellos. Piensen en Keats. Piensen en las palabras que hizo grabar en su lápida. Piensen en Tennyson. Piensen —pero no preciso multiplicar ejemplos del hecho indiscutible aunque lamentable—, de que es muy propio del artista preocuparse en exceso de lo que digan de él. La literatura está abarrotada de ruinas de nombres que se han preocupado más allá de lo razonable de las opiniones ajenas. "



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