Moronga (fragmento)Horacio Castellanos

Moronga (fragmento)

"Antes de salir en busca de la estación de metro, le pregunté a un negro gigantón, con uniforme de empleado del aeropuerto, cuál era la ruta más conveniente para llegar andando a ella, y volteé hacia mi maleta, para que viera el peso de mi problema, ante lo que el susodicho señaló hacia un ascensor que me había pasado desapercibido, y farfulló una parrafada de la que nada entendí, asunto de acentos, me dije, aunque en el acto recordé que en algún lugar había escuchado que en esa ciudad los negros y los salvadoreños se reservaban una repulsión mutua y más me valía andar alerta. No hubo ningún incidente durante mi viaje en el metro —más allá de la ansiedad natural que siempre padezco al cruzar un torniquete con una maleta grande por el miedo a quedarme trabado y ser el hazmerreír de los circundantes— y para mi suerte tanto en la estación Gallery Place, donde hice el cambio de línea, como en Silver Spring, mi destino, hubo escaleras eléctricas que facilitaron mi viaje; pero si bien es cierto que no hubo incidente, sí hubo una impresión que conmovió mi psiquis, sin ánimo de exagerar, y es que yo procedía de un pequeño pueblo universitario del Medio Oeste, donde casi la totalidad de la población era de origen nórdico y puritano, tantas rubias y rubios que uno terminaba confundiéndolos, como si estuviese entre chinos, un pueblo que de tan chico y seguro uno podía dormir sin echar el pestillo a la puerta de la calle, algo que por supuesto a mí nunca me sucedió, que a mi edad la sospecha ya se había hecho coágulo en la sangre y era imposible deshacerme de ella; pero los tres años que había vivido en ese pueblito habían sido suficientes para que me desacostumbrara a encontrarme con sujetos con mi jeta y aspecto, que eso fue lo que me sucedió en los vagones de metro en que me conducía y de golpe impresionó mi psiquis, el hecho de que en las entrañas del imperio me encontrara rodeado de sujetos originarios del mismo país del que yo procedía, y como las rutas de la mente son impredecibles enseguida fui presa de una sensación de orgullo, bastante estúpida, para ser sincero, que nada hay de qué enorgullecerse por ser originario de un sitio semejante, ni de sitio alguno, como si el orgullo fuera una virtud y no un pecado propio de acomplejados. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com