Ojos que no ven (fragmento)José Ángel González Sainz

Ojos que no ven (fragmento)

"Los coches le deslumbraban durante un momento al pasar; había vuelto a chispear y, en el breve lapso de tiempo en que sus faros iluminaban la carretera frente a él, podía ver el agua caer como con desgana. Aunque se fuera calando poco a poco, le gustaba ver las gotas de lluvia casi en suspensión un instante; se llenaban de luz, y el fondo oscuro ante el que brillaban parecía entonces menos oscuro, con menor poder de atracción y de absorberlo y engullirlo todo. Iba contemplándolas –cuando se cruzaba con un charco en el arcén aceleraba el paso para evitar que le salpicaran los vehículos que circulaban más pegados a la cuneta– y de pronto quiso ver los ojos reidores y la mirada cálidamente sosegada de la que se había enamorado hacía ya casi cuarenta años. Se acordó del que ambos solían decir que había sido el día más feliz de su vida en común, del día en que se empeñaban en sostener, por mucho que no salieran bien las cuentas, que habían concebido a su primer hijo.
Era una tarde seca de domingo en que el calor parecía no poder apretar ya más y el cielo, tan nítido que podía pensarse en tocarlo con la mano como si fuese un sólido, daba la impresión sin embargo de acolcharlo todo bajo su tutela. Debajo de los chopos, en la huerta, tumbados sobre la hierba al abrigo de las matas de saúcos y yezgos, se estaba bien, tan bien como no recordarían ni antes ni después haber estado nunca. Las hojas de los árboles, mecidas a intervalos por el aire, producían un juego de temblores de luz e intermitencias de sombra sobre la estrenada desnudez de su cuerpo, como espejuelos en el inaplazable misterio de su pubis y la otorgada plenitud de sus senos. Por un momento pensó –o era tal vez ahora cuando lo pensaba– que no era dado decir entonces si la luz venía de lo alto, de la nítida carne del cielo, o bien de abajo, del terso sol de su cuerpo. Arriba y abajo, lo mismo que materia y espíritu, alboroto y silencio, eran dimensiones que ahora no se contraponían; se superponían al igual que lo hacían sus cuerpos y los líquidos y el aliento que emanaban sus cuerpos. Donde no se oía nada a la redonda se oía el murmullo de las frondas, el gorjeo de los pájaros, la inquietante exactitud del fluir del agua en el río allí mismo y su respiración honda –sus leves quejidos– cada vez que, con un sosiego que parecía provenirle de la misma tierra sobre la que estaban echados, la penetraba como si no hubiese hecho otra cosa en la vida que entrar en ella ni creyera que se pudiera hacer.
Había sin duda, pudo pensar entonces o más bien ahora, muchas formas de decir lo que estaba haciendo y muchas palabras para decirlo; me la estoy jodiendo, por ejemplo, o me la estoy tirando, me la estoy cepillando o beneficiando o le estoy echando un polvo tras otro, hubiera podido decir o a lo mejor dijo como decían todo el tiempo sus amigos; pero le parecía que ninguna de ellas se acercaba siquiera de lejos a lo que allí estaba sucediendo sino que, al revés, creaban un espacio incolmable entre aquello de allí y el modo de decirlo, entre lo que hacían o más bien se producía y lo que se hacía o producía al decirlo, una distancia que, a cuantas más palabras y modos de decir recurría, más se multiplicaba en lugar de acortarse. "



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