La gran Marivián (fragmento)Fernando Aramburu

La gran Marivián (fragmento)

"Nueve horas (siete según la versión burlesca de Blitte de Fertaxel) permaneció Marivián en los sótanos de la Posepu. Fue recibida con los insultos y amenazas de rigor, suscitados al parecer por el aspecto que le confería su indumentaria. Pero fuera de algunas agresiones verbales no sufrió vejación ni tortura.
Acaso le habría correspondido una suerte distinta si la hubieran interrogado antes que a Mlaco Derf, de quien se le consideraba cómplice. Durante largas horas la mantuvieron incomunicada en un calabozo sin luz, obligándola a oír a través del tabique los gritos y sollozos de su marido. Por la tarde fue conducida con esposas a una habitación donde la esperaban varios hombres.
De pronto, sin que nadie le hubiera dirigido la palabra, señaló con vivos ademanes hacia lo alto de un armario que estaba adosado a un rincón y aseguró que una figura que se veía encima del mueble era ella. Uno de los que se disponían a interrogarla bajó la figura que mostraba a una mujer de pechos desmedidos clavada a una reproducción de la Cruz de Antíbula. Sin poder aguantarse la risa, le pidió a Marivián que repitiese lo que había dicho.
Ella habló por extenso del calendario, de su paso por el Rosa Luxemburg, de sus estudios en la EPAE, de la infeliz historia de su matrimonio, de la razón por la que vestía de hábito y, en fin, de cómo, mientras estuvo prisionera del cruel marido, se las había ingeniado para pedir ayuda a su profesora de teatro. El corro de sayones la escuchaba embobado. Mandaron llamar a Sera Behe, que confirmó, ampliándola con nuevos detalles, la declaración de Marivián.
Hacia las seis de la tarde, ningún antibulés en su sano juicio habría dado crédito a sus ojos si hubiera presenciado la escena que aconteció a la salida del temible y, para muchos, aborrecido edificio de la Posepu. Una monja joven, de rasgos agraciados, salió por la puerta principal cogida del brazo de una mujer mayor que ella. Al llegar al otro lado de la calzada, la monja se dio la vuelta para echar un beso con la mano a la media docena de agentes que la había acompañado hasta la calle.
Mlaco Derf no volvió jamás a su domicilio. Su prendimiento supuso un duro golpe para las Milicias de Dios, de las que era miembro. Torturado por espacio de varios días en los sótanos de la Posepu, confesó todo lo confesable y más, de tal forma que los brutales interrogatorios condujeron en el transcurso de aquel mes de marzo a una serie larga de detenciones.
El final de Mlaco Derf es de sobra conocido. Fue condenado a diecisiete años de cárcel por traición a la patria y pertenencia a una organización subversiva. Por el trato dispensado a su mujer no fue juzgado. Dictada la sentencia, ingresó en la prisión de la isla de Molu a principios de mayo de aquel año. "



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