Las reputaciones (fragmento)Juan Gabriel Vásquez

Las reputaciones (fragmento)

"Yo no soy una mala persona, ¿sí me entiende? Yo soy una buena persona. Pregúntele a mi esposa, pregúnteles a mis hijos, yo tengo dos, dos varoncitos. Pregúnteles y verá que le dicen eso, que yo soy una buena persona. Pobrecitos. Yo no les muestro sus dibujos. Mi esposa no se los muestra, perdóneme que le diga todo esto, perdóneme.»
Mallarino apenas lo podía creer: el hombrecito había venido en misión suplicante. Me llamó a rogarme, había dicho Valencia, era como si el tipo se me estuviera arrodillando por el teléfono. Se sintió invadido por un desprecio sólido, palpable como un tumor. ¿Qué lo irritaba tanto? Era quizás la humildad con que le hablaba Adolfo Cuéllar, la cabeza gacha que le hacía sombras debajo de la nariz, los brazos apoyados en las rodillas (la pose de quien se confiesa ante un cura amigo, un pecador fuera de su confesionario), o quizás el respeto con que trataba a Mallarino a pesar de que él, evidentemente, no sentía ninguno. Lo he humillado, pensaba Mallarino, lo he ridiculizado, y ahora me viene a lamer el culo. Qué tipo repugnante. Sí, eso era, una repugnancia impredecible y por eso mismo más intensa, una repugnancia para la cual no se había preparado Mallarino. El había esperado reclamos, protestas, incluso diatribas; unos minutos atrás había saludado a este hombre con cierta hostilidad sólo para enfrentarse mejor a la hostilidad del otro, igual al empleado que, sorprendido en falta, llega a la oficina del supervisor manoteando y hablando fuerte, lanzando pequeños ataques preventivos. Pues bien, ahora resultaba que Cuéllar no había venido a exigir la suspensión inmediata de esos dibujos agresivos, sino a humillarse todavía más ante su agresor. Es un adulto, pensaba Mallarino, es un hombre adulto y lo he humillado, tiene esposa y tiene hijos y lo he ridiculizado, y el hombre adulto no se defiende, el padre de familia no responde con golpes parejos, sino que se humilla más todavía, todavía más busca el ridículo. Mallarino se descubrió sintiendo una emoción confusa que iba más allá del mero desprecio, algo que no era irritación ni molestia sino que se parecía peligrosamente al odio, y se alarmó al sentirla. «Por favor, Javier», decía Cuéllar, «por favor no me dibuje más así, yo no soy así». Y luego dejó de llamarlo por su nombre. «Eso vine a pedirle, señor Mallarino», decía con voz inestable y nerviosa (nerviosa como el gesto de Beatriz al lamerse las manos resecas), «gracias por recibirme y escucharme, perdón por su tiempo, digo, gracias por su tiempo». Mallarino lo escuchaba y pensaba: Es débil. Es débil y lo odio por eso. Es débil y yo soy fuerte ahora, y lo odio por poner ese hecho en evidencia, por permitirme abusar de mi fuerza, por delatarme, sí, por delatar mi poder que tal vez no merezco. Vista desde esta silla, la puerta corrediza del jardín se había convertido en un gran rectángulo iluminado, y Mallarino veía, recortadas sobre ese fondo claro, las siluetas que ya comenzaban a entrar. «Ya se enfrió el día», se oyó decir. La casa se llenó de diálogos animados, de risas abiertas o más discretas; alguien preguntó dónde estaba el tocadiscos, y alguien más, Gómez o Valencia, comenzó a cantar sin esperar el acompañamiento de la música. "



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