Los ojos vacíos (fragmento)Fernando Aramburu

Los ojos vacíos (fragmento)

"Cuando llegué al vestíbulo el abuelo Cuiña, descalzo y sin más atuendo que un camisón de dormir, acababa de atrancar la puerta. Su reciente furor le había ensalivado las puntas del bigote, y aquella vena que le cruzaba la cabeza hasta el costado de la cara la tenía más hinchada que nunca. Jadeaba como animal que viniera de batirse. A su lado, varios huéspedes visiblemente nerviosos y no más vestidos ni calzados que él le pedían explicaciones. Con ánimo de tranquilizarlos les mostró la carabina, asegurándoles que dentro de la hospedería no los amenazaba ningún peligro. Les prometió que en cuanto amaneciese pondría el caso en conocimiento de la guardia de seguridad, de la cual esperaba obtener en breve plazo protección armada. Basaba su confianza en la influencia que decía tener con el máximo responsable del cuartel de nuestro barrio.
A fin de desembarazarse de preguntadores apagó después la lámpara del vestíbulo. Hecha la oscuridad, a los huéspedes no les quedó más remedio que retirarse. Subieron los unos refunfuñando, los otros intercambiando comentarios agoreros, a sus habitaciones, sin más guía en la penumbra de las escaleras que la débil luz que bajaba de los pisos superiores. Yo me quedé escondido en la sombra, junto al mostrador de la recepción, pues me picaba la curiosidad de ver los destrozos del tiroteo en el cuarto de mi madre. Me hacía falta, para cumplir mi capricho, que el abuelo Cuiña se echase a dormir, ya que, de otro modo, corría el riesgo de que me descubriese fuera de la cama y formase propósito de descargar su ira sobre mí.
Pero hete que, en esto, apareció la silueta de mi madre, recortada en la luz mortecina de la escalera. Bajaba los peldaños en puntas de pie, recogiéndose apresuradamente los cabellos. Traía las chinelas en la mano con intención notoria de no hacer ruido al andar. Como viniese de lo claro a lo oscuro, no se percató de que se encaminaba derechamente hacia el abuelo Cuiña, que ni bien la tuvo a un paso de distancia le asestó un golpe en la cabeza con el mocho de la carabina. Derribada como la tenía a sus pies, la aferró por los cabellos y de un fuerte tirón la levantó. "



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