El cantante de gospel (fragmento)Harry Crews

El cantante de gospel (fragmento)

"Esto no evitó que Didymus dispusiese el Cadillac para la penitencia. Cerró el panel de cristal que le separaba del Cantante de Gospel. Al pulsar un interruptor del cuadro de instrumentos cerró los conductos del aire acondicionado que daban a la parte de atrás. Y luego, como el día estaba nublado, giró un interruptor que encendió una pequeña bombilla roja oculta en el techo. La luz caía directamente sobre el ceño fruncido del Cantante de Gospel. Didymus se agachó y sacó su Libro de sueños de debajo del asiento. Quitó la capucha de un bolígrafo y condujo lentamente, sin perder de vista el asiento de atrás.
El Cantante de Gospel inclinó la cabeza. Con el aire acondicionado apagado, el ambiente quedó de repente como muerto y el calor subió a su alrededor. Ya podía sentir las gotas de sudor que resbalaban por el pelo y le cruzaban la frente, como hormigas que se arrastraban por su piel.
Sabía que Didymus le estaba mirando, pero no le importaba. Por Didymus merecía pagarse cualquier precio, porque le había librado de caer en el vacío que dejó por su primer representante. El señor Keene ya llevaba dos días desaparecido cuando el Cantante de Gospel regresó a su habitación del hotel una noche desde Carnegie Hall, donde todavía estaba actuando en un encuentro espiritual sin precedentes que duraba una semana, y se encontró a Didymus de pie en el vestíbulo frente al ascensor. Era bajo, delgado y moreno, y llevaba un sombrero que dejaba en penumbra la mitad de su cara. Al venir de una región protestante, el Cantante de Gospel no se percató del alzacuellos. Era tarde, pasada la medianoche. El Cantante de Gospel siguió caminando por el pasillo sin mirar una segunda vez a Didymus, quien le siguió. El Cantante de Gospel tenía la llave en la cerradura cuando Didymus habló.
[...]
Había algo en su voz que provocó una relajación inmediata en el Cantante de Gospel. Era recia y denotaba una profunda preocupación, como la de un padre que llama a un niño. Permaneció quieto dentro de su traje de seda de trescientos dólares, con ciento cuarenta y dos dólares en la cartera, la llave del Cadillac en el bolsillo y la espalda pegada a la puerta de una suite de uno de los hoteles más selectos de Estados Unidos, mirando al hombre que había detrás del dedo y que había dicho lo que nadie más sabía y ni siquiera sospechaba. "



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