La zancada (fragmento)Vicente Soto

La zancada (fragmento)

"Bueno, de pronto, leyendo, he descubierto, primero, que estaba preocupado, y, segundo, qué cosas me preocupaban. Por una parte, ese reciente diálogo mío, esto es, de Gabrielito, con China, después de haberme librado de Paco en la escalera. Siento ahora la necesidad de hacer hincapié en el hecho de que hasta aquí no ha habido otra huella directa y consciente del humor de mi Gabrielito que la posiblemente dejada en esa escena. Cierto que es una huella muy parecida a las posiblemente dejadas a lo largo de esta historia por mi humor (que no exhibo como buen humor y que no hace sino subrayar a contrapelo mi frecuente mal humor, cada vez más semejante al humoracho de mi padre, aunque menos castizo); pero eso era inevitable. Hago la observación para permitirme señalar de una vez y para siempre que esto no es la autobiografía de un niño, sino, entre otras cosas, lo que de un niño cuenta un hombre que a estas alturas tiene tan poco que ver con aquél como tú, lector. Pero quizás era obvia la observación. Si lo era, perdona —francamente—, lector.
Por qué fue aquí y no antes cuando surgió esa primera muestra consciente es ya otra y más importante cuestión. El humor tiene un mecanismo muy elaborado, en rigor opuesto al espontáneo de la gracia. Un niño suele tener gracia, pero no suele tener humor: es el humor lo que le permite al adulto ver la gracia del niño. Despertamos al humor de un modo doloroso y reflexivo, como a una luz consoladora, sólo alcanzable a través de amarguras y de errores. Es ése un despertar entrecortado y con recaídas en el sueño, como lo son todos los pasos balbucientes desde el borde de la niñez. Aquí es donde sobre todo quería venir a parar, al por qué de mi avistar por vez primera dicha luz aquel día' y no ningún otro anterior. Me desazonaba esa abrupta innovación de mi Gabrielito con su humor deliberado, como si él hubiese dejado de ser él. Pero es que, en efecto, comenzaba a dejar de ser él. Lo he visto así gracias a no sé qué oscuro olfatear de recuerdos que me ha llevado a releer un pasaje sin cuya ayuda me habría quedado quizá para siempre con mi desazón. En suma, tal como Lazarillo recuerda el instante preciso —tras la dolorosa calabazada que el ciego le da contra el toro de piedra— en que despierta «de la simpleza en que como niño dormido estaba», yo sé que el emerger del abismo en que me sumiera la supuesta rabia de Lobo, y también el hallazgo de una China desconocida —dolor y auténtico amor, de diálogo—, me maduró súbitamente y me hizo dar aquel estirón de medio palmo (me asombra haber empleado ya, antes de haberme hecho estas reflexiones, la imagen de mi crecimiento).
Ya no me atrevo a decir nada, pero me parece que María no ha cerrado la ventana.
En fin, sigamos. "



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