Mi pecado (fragmento)Javier Moro

Mi pecado (fragmento)

"Sin su hermana, sin contacto con los españoles, excepto alguna llamada de Edgar Neville para preguntarle qué tal le iba en el rodaje, manteniendo a raya a Jack Cummins, su vida era trabajo, dormir y más trabajo. Y abrir la nevera o tumbarse en el sofá abrazada a uno de sus peluches. Tanto le pesaba el silencio de su bungaló que cerraba los ojos y soñaba con el ruido de alguien batiendo huevos para hacer una tortilla, porque ese sonido que subía del patio de su casa en Madrid cuando era pequeña la ayudaba a dormirse.
Los fines de semana prefería aguantar a Jack a quedarse sola. El sábado el hombre se volvía más exigente y, como ella no tenía la excusa del madrugón del día siguiente, se abandonaba al amor, o mejor dicho, a un simulacro de amor, con la ayuda de unos dry martinis. Lo soportaba porque hacía un ejercicio de suplantación: cerraba los ojos y soñaba que era Leslie Howard quien la besaba con una lengua ardiente, le acariciaba los muslos, la desnudaba y la poseía hasta su último pensamiento… A la mañana siguiente, se reprendía por la osadía de sus ocurrencias. Estaba escandalizada de sí misma: «¡Esto es el colmo! —se decía, lavándose los dientes frente al espejo del baño—. En mi casa estoy fingiendo y en el plató soy yo misma. Es el mundo al revés».
Lo era. Y también para Leslie Howard, que, sin apenas darse cuenta, se enamoró de Conchita de una manera intensa, impúdica y angustiada porque esta vez no conseguía controlar sus sentimientos. El icono de la flema inglesa, el que daba lecciones para contener las emociones, el galán acostumbrado a que las mujeres se rindiesen a sus pies, de pronto se veía indefenso ante esa «deliciosa pequeña salvaje, cálida, traviesa y llena de vida». Conchita se convirtió en su obsesión. Como tantas veces ocurre en los rodajes, los actores se meten tanto en su papel que acaban creyendo que ellos son el personaje y se olvidan de sí mismos como personas. Algo de eso le ocurrió a Leslie, que perdió los papeles por la actriz, un poco como su personaje los perdió por la princesa Tamea.
Todo empezó cuando saltó el tabú de la lengua en la segunda escena de amor que rodaron y que fue el primer intento de Leslie de torcer el destino. El actor le besó la comisura de los labios abiertos y el lóbulo tibio de la oreja, y ella sintió un escalofrío e hincó sus dedos crispados en su espalda. Fue como un sutil diálogo de gestos y de miradas furtivas que él interpretó como vía libre para seguir. Y continuó, porque en la escena del beso se acercó a la boca temblorosa de Conchita, restregó sus labios contra los suyos y luego le ofreció su lengua. Y Conchita no reaccionó como lo hizo con Clark Gable, sino al contrario, la aceptó como una ofrenda de suprema voluptuosidad. Y él le acarició el brazo aterciopelado, el pómulo un poco felino, y le pasó el dedo por el cuello hasta llegar a los hombros desnudos que el pareo de orquídeas, anudado a la altura de pecho, dejaba libres. "



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