Días sin final (fragmento)Sebastian Barry

Días sin final (fragmento)

"Un agradable muchacho llamado Dan FitzGerald se une a nosotros para jugar a las cartas, así que todo recuerda bastante a los viejos tiempos en Fort Laramie, salvo que las estrellas bajo las que dormimos se han desplazado levemente y forma una ciudad repleta de caballeros con casacas azules. Las esposas lavan los uniformes en unas lavadoras de manivela y contamos con esforzados muchachos que saben cantar e incluso con McCarthy, un chico que toca el tambor; solo tiene once años pero mucho salero. Su nombre suena irlandés, pero es un chico negro de Misuri. No está nada claro si Misuri es de los rebeldes o de la Unión, así que McCarthy se marcha mientras se decide. En la siguiente hilera de tiendas hay hombres muy altos: son los artilleros encargados de los morteros. No se han visto hombres con brazos tan anchos y robustos, ni fusiles con cañones tan imponentes. Parecen cañones que hubieran comido melaza durante todo un año. Un aparato inmenso como la verga de un gigante. Algunos dicen que serán necesarios bajo los muros de Richmond, pero Starling Carlton sostiene que allí no hay ningún muro. De modo que no sabemos lo que significan esos rumores. Nuestra compañía está formada sobre todo por hombres de Kerry; FitzGerald viene de Bundorragha, que, por lo que cuenta, es un barrio mugriento y pobre del condado de Mayo. No he conocido a muchos irlandeses que hablen de esos siniestros temas, pero él lo hace sin tapujos. Tiene un silbato de hojalata que se encarga de otro tipo de parlamentos. Dice que su familia murió de hambre; luego él cruzó a pie las montañas hasta Kenmare con tan solo diez años y después se fue a Quebec. Como el resto de nosotros, aunque de milagro no contrajo las fiebres como me pasó a mí. Le pregunto si vio a gente comiéndose unos a otros en la bodega del barco y él me responde que eso no lo ha llegado a ver, pero que ha sido testigo de cosas peores. Cuenta que cuando abrieron las escotillas en Quebec, sacaron los largos clavos y la luz entró a raudales por primera vez en cuatro semanas. Durante toda la travesía solo les habían dado agua. De repente, bajo esa nueva luz, vio cuerpos flotando por todas partes en el agua de sentina, luego a los moribundos y, a continuación, a todo el mundo reducidos a esqueletos. Por eso nadie quiere hablar, porque no es un tema de conversación. Te oprime el corazón. Sacudimos la cabeza y repartimos las cartas. Nadie habla durante un buen rato. Malditos cadáveres. Todo eso porque consideraban que no valíamos un carajo. Unos don nadie. Supongo que era eso. Esa idea te quema por dentro. Nada más que escoria. Ahora llevamos armas ceñidas a nuestro cuerpo e intentaremos triunfar. "


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