Oplevelser (fragmento)Sophus Schandorph

Oplevelser (fragmento)

"Una campesina de complexión ancha y baja deambulaba por el camino, arrastrando sus pasos como una vaporosa nube, resignada como la talla de una planta pero dotada de una mayor vitalidad. No se dignaba a sentir la más mínima compasión por las flores circundantes. Únicamente, cuando una vaca se dispuso a retozar, ella ladeó levemente la cabeza. No ralentizaba ni apresuraba sus pasos, manteniendo una inmutable y constante cadencia, caminando con los pies separados, semejando un carruaje grueso y ancho mientras sus gruesas suelas dejaban una férrea huella en el suelo. Su frente estaba perlada de gotas de sudor en torno a su nariz rubicunda y pecosa, el único movimiento perceptible en su rostro quemado por el sol. Ni siquiera éste le hacía pestañear. Mantenía la boca ligeramente abierta, mostrando al mundo su hermosa dentadura. De vez en cuando, humedecía sus labios con la lengua pero sin cambiar ni un ápice su rictus.
Tuvo que armarse de paciencia. Ya había recorrido la singladura de dos millas desde su partida y aún le quedaban otras cuatro millas antes de llegar a su destino. Su señora, viuda del antiguo decano, le había concedido un día de asueto. Lo cual sucedía dos veces cada año, en el día de San Valentín y durante las vacaciones estivales, además de cuando regresaban sus dos hijos, que estudiaban en la Universidad de Copenhague, tras el susodicho verano. Aprovechaba siempre estos días de permiso para visitar a su hija, que contaba con unos ocho años de edad. Con la ayuda de la parroquia, la niña, desafortunadamente nacida fuera del sagrado matrimonio, había sido puesta bajo la tutela de un campesino y la esposa de éste en el pueblo natal de Stina. El padre había trabajado con ella en la misma granja cuando Stina tenía unos veintidós años, pero al saber que estaba encinta decidió marcharse a América.
Su progreso a lo largo del polvoriento camino apenas era perceptible. Uno o dos vehículos la adelantaron. El primero era un carruaje ligero en cuyo asiento trasero estaba repantingado un obeso caballero rural saboreando un cigarro. En el asiento delantero, el cochero chasqueó el látigo mientras el carruaje zumbaba en trepidante zigzag, al punto que Stina estuvo a punto de ser zaherida por la punta del látigo, llegando a parpadear ante la incipiente y amenazadora posibilidad. El polvo agitado por las ruedas del carruaje se arremolinaba inhóspito a su alrededor como el motor de un vapor y la hacía estornudar. Aunque había mucho espacio en el carruaje, jamás se le ocurriría a un noble apoderado rural ayudar a una muchacha en sus circunstancias, ni ella le pediría que lo hiciera. "



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