En defensa de la envidia (fragmento)Sealtiel Alatriste

En defensa de la envidia (fragmento)

"Estaba como engarrotado a causa de mi sufrimiento, dormía y comía con él, como si fuéramos marido y mujer, y si me asaltaba un motivo de felicidad sentía que estaba cometiendo adulterio. Permítaseme confesar con serena firmeza que las cifras de mi existencia en ese tiempo eran: 1) la cultura como tortura; 2) la envidia como expresión de la lucha de clases; 3) la rivalidad como la forma más acabada de la amistad; y 4) mis sueños como prueba fehaciente de que vivía en la realidad. Por una mera casualidad no hice del chantaje o del rapto mi forma usual de trato social.
Todavía hoy, cuando evoco esa época, se me confunden tiempos y sensaciones, a veces creo que lo que hicimos no fue tan malo, un poco ridículo sí, pero no tan desastroso como parece, y sin embargo, siempre que pienso en mí me considero un clown fellinesco, trágico más que gracioso, y mi imagen me resulta siniestra. La de Reyes, por el contrario, me es disímbola: tiendo a recordarlo como una especie de marajá de la Condesa —rubicundo y glotón—, pero al mismo tiempo como si se hubiera vuelto un pobre hombre malhumorado e insatisfecho. No nos veíamos, es cierto, pero todas las noticias que recibía acerca de él iban acompañadas de una nada grata descripción de su estado de ánimo: del tipo bonachón, bromista, dicharachero, quedaba poco; había perdido la galantería; y la risa, que fue su gran paliativo en los momentos desafortunados, brillaba por su ausencia; del gran humanista que yo conocí, quedaba un gordo hosco, presumido, cuyo único placer era engullirse (literal pero no literariamente) los platillos que preparaba su cocinera. ¿Qué no le habría hecho ya a mi Pita? ¿A cuántas bajezas no la habría sometido si por aquel cambio que se operó en su carácter hubiera pasado de ser un amante contemplativo, a uno furioso, posesivo y agresor? Yo, que no sabía lo que le pasaba más que por referencias, daba por un hecho que Reyes se repantigaba de placer con ella, con mi amor platónico. Nunca he estado tan equivocado, pero nunca tampoco he sentido tanta envidia, por lo que en vez de apenarme por Alfonso e ir a aclarar las cosas con él, me quedaba con la pura envidia, rumiando mi coraje. "



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