Algo tan parecido al amor (fragmento)Carmen Amoraga

Algo tan parecido al amor (fragmento)

"Silvana recordó que yo le había pedido el día libre a Amelia para comprar regalos, yo, que nunca regalaba nada por Navidad, y supuso que a esa misma hora estaría en mi casa, en mi cama, seguramente con él, y entonces ya no pudo evitar sentir pena por ella.
Por un extraño sentido de la amistad la tuvo esperando varias horas, para no ponérselo fácil del todo. De vez en cuando, la miraba de reojo por el espejo y trataba de imaginar qué era lo que yo tenía que a ella le faltase para que Juan Carlos, en ese mismo instante, estuviese conmigo y no consolando a su mujer en un día como ese, el muy cabrón, en un día como ese, con su mujer añorando a la madre de esa manera tan evidente, qué hijo de puta. Se le ponían los pelos de punta sólo de pensar que Ramón no estuviese a su lado en un trance como ese, y eso que ella no quería a su madre ni la mitad de lo que Cristina parecía haber querido a la suya, que no había más que verla, ahí sentada, haciendo como que leía las revistas, pasando las hojas una tras otra sin prestarles atención, probablemente pensando en la madre todo el tiempo, en qué haría para cenar si estuviera viva, en qué pensaría del último vestido o del último novio de Ana Obregón si estuviera viva, en qué le diría por la actitud de Juan Carlos si estuviera viva, sin imaginar que su marido la estaba engañando con otra tres calles más arriba. O quizá sí. Quizá sí lo imaginaba, y por eso estaba tan desolada. Tuvo ganas de llamarme por teléfono para contármelo, para decirme «baja y verás a la mujer de Juan Carlos, a ver si se te cae la cara de la vergüenza de una vez», pero no lo hizo porque esa mañana no se puso de mi parte, sino de la suya, y quiso regalarle ese momento de intimidad, quiso regalarle que la amante de su marido no la escudriñase desde la esquina de enfrente para hacerse la misma pregunta que en ese momento la martirizaba, qué tendrá ella, qué tendrá ella, pero qué tendrá ella que yo no tenga.
Así que cuando le tocó el turno le puso un tinte de su color, castaño, pero del bueno, no del barato que le ponía a las viejas de sus clientas, le sacó mechas más claras con papel de plata, le lavó el pelo, le puso una mascarilla para que le quedase suelto, sedoso, brillante, le repasó el corte, se lo escalonó, se lo secó con esmero y la dejó guapa para esa tristísima Nochebuena sin madre sin cruzar ni una sola palabra con ella. No quería conocerla más de lo que la estaba conociendo. No quería que le contase por qué detrás del cepillo se le escapaban mechones enteros del pelo, arrancados sin esfuerzo y sin dolor desde la raíz, ni quería saber por qué los pantalones le estaban tan grandes, ni quería escuchar por qué no le quedaban uñas, por qué fumaba sin parar, por qué su marido no la había llamado ni una sola vez en toda la mañana, por qué estaba tan sola, tan sola, tan a punto de echarse a llorar cada vez que sus miradas se cruzaban por un instante en el cristal. "



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