El negro que tenía el alma blanca (fragmento)Alberto Insúa

El negro que tenía el alma blanca (fragmento)

"Madrid le inspiraba un amor receloso. Era una amante altiva sugestionada por sus caricias, pero dispuesta a burlarse de él en cuanto pasase el frenesí. O era una fiera domada, de la que no debía fiarse mucho el domador. Ningún público le parecía más vehemente ni más voluble que el de Madrid. Ninguno derribaba ídolos con facilidad y crueldad más grandes. ¿Qué se habían hecho los toreros y los cómicos que eran famosos durante su niñez, cuando usaba la librea de los Arencibia? Había preguntado; le habían dicho… Algún espada conseguía retirarse a tiempo, antes de que «lo retirasen» el desdén del público o la cornada mortal. ¿Los otros? ¿Quién se acordaba? Habían ido rodando, hacia el olvido, todos los escalones del fracaso. ¿Y en la farándula? El gracioso predilecto de las masas concluía, generalmente, en el manicomio o en el hospital. El público se había cansado de él, las contratas disminuían y bajaba el sueldo. ¿Y las actrices? Brutalmente, despiadadamente, con su desvío o insolencia, el público les demostraba que se habían puesto viejas, y era cosa corriente hallar por las villas y villorrios de España, con una compañía de mala muerte, a la comedianta que había reinado en la Corte un lustro o dos. Fuera —pensaba Pedro— no pasaba así. Los prestigios escénicos duraban; el público era más tolerante, más piadoso o, simplemente, más civilizado. El talento no tenía edad. Y la simpatía perseverante del público, abriéndole delante un camino seguro, permitía al artista perfeccionarse, modificarse, cambiar. En Madrid «se llegaba» pronto; las reputaciones se hacían en una temporada, en una obra y a veces en una noche; pero después la caída era tremenda. ¡Ah, cuánto se felicitaba de ser en Madrid un ave de paso, de saber que a la menor muestra de fatiga de los madrileños podía marcharse con sus bártulos y su ayuda de cámara a París, a la Argentina, al Cairo!
Él era una «atracción mundial». Y tal vez por esto, por haber llegado a Madrid con nombre y «postín» extranjeros, el público le recibía en palmitas y le bailaba el agua… Si, en lugar de Peter, los carteles hubiesen puesto Pedro, a pesar de toda su maestría coreográfica, el éxito habría sido veinte veces menor. Él conocía a Madrid… Además, en todas partes le daba resultados magníficos su pose de negro anglosajón. Lo yanqui y lo inglés dominaban el mundo, a pesar de la competencia de los alemanes. Todas estas razones le hacían mantener en Madrid la comedia de su americanismo. Decía, para explicar lo fácilmente que hablaba el castellano, que había aprendido nuestro idioma en la América del Sur, y para dar absoluta verosimilitud a su aserto ponía en sus conversaciones modismos platenses, uruguayos y chilenos. Era muy divertido oírle, porque además rociaba aquella jerigonza con la salsa de su acento inglés. El único que parecía tañarle era don Virginio; sin duda porque delante de él se le habían escapado algunas frasecitas de las que solo se aprenden entre la Ribera de Curtidores y la Costanilla de San Andrés. Pero don Virginio le inspiraba confianza. No le parecía un hombre, sino un brujo chiquitín y bondadoso, que podía «hacer pupa» con un chiste, pero no verterle a nadie veneno en el corazón. "



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