La epopeya de las Cruzadas (fragmento)René Grousset

La epopeya de las Cruzadas (fragmento)

"Saladino había suprimido en septiembre de 1171 el califato fatimida de El Cairo, había hecho cesar de golpe el gran cisma religioso que desde hacía dos siglos dividía al Islam, había sofocado la herejía, como decían los sunitas. Pero esta medida, que quitaba a los francos la facultad de aprovecharse de las rivalidades confesionales en el mundo musulmán, tuvo su contrapartida. Una vez abolido el califato de El Cairo, Saladino se encontró de hecho, si no por título, dueño único del país, verdadero rey de Egipto. Entre él, que ya era demasiado poderoso para no aspirar a la independencia completa, y Nur ed-Din, que seguía tratándolo como simple lugarteniente, las relaciones no tardaron en erosionarse. Su fulgurante ascensión empezaba a inspirar desconfianza al viejo atabeg, que pensaba seriamente en organizar una expedición punitiva contra el general rebelde. Saladino, informado de estas intenciones, trataba ahora con tiento a los francos. Cuando Nur ed-Din lo invitaba a colaborar en una ofensiva común contra ellos, se resistía: el reino de Jerusalén le parecía al nuevo dueño de Egipto un Estado-tapón providencial contra la venganza de Nur ed-Din. Un político como Amalarico I iba, pues, a encontrar en esto nuevas posibilidades de maniobra. Estas perspectivas se ampliaron más cuando, el 15 de mayo de 1174, Nur ed-Din murió en Damasco, dejando como heredero a un niño de solo once años, Melik es-Salih. No hacía falta ser un profeta para prever que este niño no conservaría el imperio paterno. El rey de Jerusalén podía, o bien constituirse como protector suyo contra las ambiciones de Saladino, o bien compartir con este la Siria musulmana. Amalarico agitaba estos pensamientos y, de acuerdo con sus aliados bizantinos, preparaba una solución nueva para la cuestión de Oriente cuando el mal destino de la Siria franca vino a detenerlo en plena acción. El 11 de julio de 1174 se lo llevó un tifus en Jerusalén a la edad de treinta y nueve años.
Al sobrevenir en aquella hora, la muerte de Amalarico I era un desastre. Jamás una desaparición tuvo tan graves consecuencias para los destinos de un Estado. Este político audaz había orientado la cruzada por caminos nuevos, hacia empresas de las que había de salir triunfante definitivamente o herida de muerte. Después de haber conseguido por un momento establecer el protectorado franco sobre Egipto, había visto que su intento se volvía contra él, que Egipto caía precisamente en poder del más temible de los jefes musulmanes, el gran Saladino. Pero aún no se había dicho la última palabra, todo podía repararse aún; Amalarico no había dado toda su envergadura cuando el destino, en el momento decisivo, lo arrebató brutalmente de su obra. Su fallecimiento dejaba el campo libre a Saladino. Este lo aprovechó enseguida para amañar a su guisa la sucesión de Nur ed-Din. El 25 de noviembre de 1174 se presentó ante Damasco, entró sin encontrar resistencia y se anexionó la gran ciudad. Homs y Hama siguieron la misma suerte. A excepción de Alepo, que dejó hasta 1183 a los débiles herederos de Nur ed-Din, era dueño de la Siria musulmana como lo era de Egipto. "



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