Un viejo de plata (fragmento)Jorge Ferretis

Un viejo de plata (fragmento)

"Aquella larga calle de los artesanos es muy irregular en sus lomos y en sus estrecheces. Las tres platerías se hallaban en una ampliación que casi es plazoleta. La calle se ha desempedrado en trechos, y además de hoyancos lodosos, tiene dos o tres charcas de verdosa quietud. De trecho en trecho, hay postes de madera, sin claras nociones de verticalidad; árboles que fueron muy rectos como árboles, pero que como postes hacen el ridículo. Parece que cada amputación los hubiera contorsionado ligeramente.
Horas después de que don Flavio queda solo, sigue burilando, feliz. Su aparato de petróleo lo aluza, como con rolliza mecha en caldo de sol.
En el barrio, las callejas están solas y oscuras. De largo en largo, aquellos postes apuntalan foquillos que arden amarillosamente. (Más alumbrarían si ardiesen los propios palos entecos.) Reflejos rubios bajan a bañarse en las charcas verdes como minúsculos efebos, que se escandalizan por el chapuzón de alguna rana.
Más de noche, aun la ciruela de luz de aquellos árboles civiles se apaga.
Lejos, frente a otra gran explanada, han tenido que cerrar la iglesia, de donde sale todavía una mujer madura y basta. Cuando la gran puerta cruje a sus espaldas, ella masculla restos de oraciones. Avanza bajo un cielo enorme cuyas contingencias la preocupan menos que las de abajo. Lleva encima unos pecados que su cuarentona imaginación agranda; y el peso de un busto y unos cuadriles, que las sombras exageran también.
Ha bajado un gran sosiego, redentor de todas las fatigas.
La única luz que sigue ardiendo es la del taller. Sus chisporroteos tiemblan en la pelambre del viejo febril, y le dan resplandor. Sin que él se lo proponga, algunos de los trazos que salen de su buril están inspirados en guedejas de María Engracia, que es su hija.
En el labrado de su ánfora, no sólo cuida el primor de las líneas, sino la proporción de metal que quita de cada roseta, de las que tiene cuatro. Además de la forma total, don Flavio se afana en sacarle cuatro notas limpias. ¡Ya se las percibe! Y en cada roseta va grabando una sílaba: Do; Mi; La; Re; notas madres de toda melodía. Esto no lo ha confesado ni a los demás plateros, que sonreirían al saber que trata de injertar música en la orfebrería. No obstante, las cuatro notas siguen afinándose. A él no le importan ahora las esquirlas de plata pura que se caen al suelo, y que se pueden perder.
Está seguro de que su ánfora la querrá comprar un extranjero estrafalario y rico, que paga bien todas sus piezas, aunque no sean originales. No era original lo último que le ordenó copiar: una bombilla eléctrica, redonda, sostenida por el Atlas milenario y barbudo. Y aquel Atlas, con una rodilla sobre el supuesto Caos, soportaba en sus lomos el planeta, como enorme joroba de luz.
El extranjero pagó bien la copia; pero su ánfora... No, esta no la venderá. Por instantes pone a un lado su buril, para probar los sonidos. Después, entre sus manos la contempla, igual que otros hombres saben contemplar cabezas de hijos. Y vuelve a su tarea con mayor afán. "



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