El té de Proust (fragmento)Norman Manea

El té de Proust (fragmento)

"El ritual se repetía casi todas las tardes. Oficiado con severidad, pero también con humor, por aquel anciano de barba salvaje con rodales todavía negros. Estaba seguro de que volvería y había conservado, como testimonio del mundo de antes y para el de después, el pedacito sucio de azúcar. Tras verter el agua caliente en las tazas, a nadie le estaba permitido mirar nada salvo su taza y debían esperar hasta oír el borboteo del agua cayendo en la jícara vecina y que, una tras otra, se llenasen todas. Luego levantaban la mirada hacia la lámpara de la que colgaba, sujeto de un hilo, un pequeño paralelepípedo, casi blanco, de azúcar. Había que mirarlo con paciencia, mucho rato, y sorber el té despacio, después de que cada uno sintiese los labios, la lengua, la boca y todo su ser vivificados y suavizados por el recuerdo de un mundo al que no teníamos que renunciar porque, suponía el abuelo, aquél no había renunciado a nosotros y no podría prescindir de nosotros. El té humeaba en las tazas, ellos guardaban silencio, concentrados, como se les había pedido, en un terroncito sucio de azúcar que el abuelo había tenido la idea de guardar y colgarlo todos los días delante de ellos.
En lo alto, por encima del tumulto donde los desdichados trataban infructuosamente de volver a la vida de antaño, en lo alto, en un espacio libre y aislado de la enorme sala, el abuelo, que tanta fe había tenido en un regreso que no alcanzó a ver, habría podido confirmar que, en efecto, el maravilloso bebedizo era la prueba de que el mundo los recibía de nuevo. "



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