La patrona (fragmento)Fedor Dostoievski

La patrona (fragmento)

"Se tumbó otra vez en la cama, recién hecha, y se puso de nuevo a escuchar. Desde el cuarto contiguo se distinguía con claridad la respiración de dos personas. Una era fuerte, aunque desigual y enfermiza; la otra, suave, apenas perceptible y también irregular, vacilante y excitada, cual si surgiera de un corazón henchido de un anhelo y una pasión idénticos a los suyos. De vez en cuando, percibía unos pasos suaves y discretos. El roce de las faldas de ella, y cada movimiento de sus pies, despertaba en él una vaga sensación, penosa y dulce al propio tiempo. Al fin, le pareció escuchar un leve sollozo, y luego una ardiente plegaria. Entonces tuvo la seguridad de que ella estaba arrodillada ante el icono, en actitud desolada. Pero ¿quién era ella? Y ¿por qué rezaba? ¿Qué desconsolada pasión le torturaba el alma? ¿Por qué se atormentaba y sufría, derramando aquellas lágrimas y estallando en aquellos terribles sollozos?
Comenzó a evocar todas y cada una de las palabras que ella le había dirigido y que aún vibraban en sus oídos como una música. Y cada una de ellas, al ser repasada in mente, provocaba en su corazón suaves palpitaciones. Por un momento le pareció estar soñando, pero al recordar el aliento caliente sobre sus mejillas y los besos de fuego, se estremeció hasta lo más profundo de su ser y creyó que moriría de nostalgia. Cerró los ojos y se puso a pensar en cosas placenteras. Un reloj dio la hora: era tarde. Anochecía.
De repente tuvo la impresión de que ella se inclinaba otra vez sobre él, de que aquellos prodigiosos ojos claros le miraban a través de las lágrimas, con una expresión de radiante dicha, tan puros y claros como el cielo en una calurosa noche de verano. Su rostro expresaba placidez y en su sonrisa había una mezcla de dicha, de compasión y de amor. Se apoyaba en su hombro con confianza. El joven sentía tanta felicidad, que dejó escapar un gemido.
Parecía que ella quisiera decirle algo, hacerle alguna confesión. De nuevo creyó percibir el eco de su voz, que le traspasaba el corazón. Aspiró con avidez el aire que ella caldeaba con su aliento y que llenaba, al propio tiempo, para él, de tensión eléctrica. Hizo un esfuerzo y abrió los ojos. Ella estaba delante de él inclinada sobre su rostro y temblando de excitación. Le decía algo, rezaba y tenía las manos juntas. El la estrechó entre sus brazos, a los que ella, trémula, se abandonó. "



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