Los argonautas (fragmento)Vicente Blasco Ibáñez

Los argonautas (fragmento)

"Sonrió éste levemente. También quería ser rico, y su deseo imperioso le había desarraigado del viejo mun­do, lanzándolo en plena aventura como los miserables que se aglomeraban en los sollados de la emigración. Nece­sitaba una gran fortuna para creerse feliz. Y sin em­bargo... ¡quién sabe! la riqueza no es la dicha, no lo ha sido nunca; cuando más puede aceptarse como un medio para afirmarla... Tal vez ni aun esto era cierto. Recor­daba la wagneriana leyenda del anillo del nibelungo, el milagroso oro del Rhin, símbolo del poder mundial. Quien lo poseía era señor del universo, dueño absoluto de todas las riquezas; pero para conquistarlo había que maldecir el amor, renunciar a él eternamente.
—Y el amor, Maltrana, y otros sentimientos, valen más que un tesoro. Yo soy pobre y marcho en busca del dinero porque veo en él una garantía de seguridad y de reposo para ocuparme tranquilamente en otras empresas de mi gusto. Pero si alguien me hiciese ver que la ri­queza debía pagarla con la renuncia del amor, le juro que saltaba a tierra en el primer puerto para volverme a Europa.
Isidro levantó los hombros desdeñosamente. ¡Fanta­sías de artista! ¡Cavilaciones de poeta! ¿Qué tenían que ver el amor y la riqueza para que los colocasen juntos como antitéticos e inconfundibles?... El quería ser rico, por serlo; por conocer las dulzuras del más irresistible de los poderes; las satisfacciones orgullosas y egoístas que proporciona la llamada «potencia de dominación». Y si para ello había de renunciar a las gratas tonterías del amor y a otros sentimientos que el mundo considera con un respeto tradicional, pronto estaba al sacrificio. Le irritaba el menosprecio con que durante siglos y siglos religiones y pueblos habían tratado a la riqueza, como si ésta fuese algo diabólico y vil, incompatible con la elevación de alma y la nobleza de la vida.
—Usted dice que es pobre, Fernando; y otros como usted lo dicen igualmente. Todo el que no es millonario se cree en la pobreza y habla de ella como de algo agra­dable y hermoso que debe proporcionarle una aureola de simpatía. No; usted no ha sido pobre jamás, ni sabe lo que es eso. Usted necesita ser rico; conforme: pero no tiene una idea de lo que es la miseria. Le habrán hecho falta miles de duros, pero jamás al llevarse una mano al bolsillo ha dejado de sentir el contacto de las rodajas de plata... Pobre lo he sido yo; lo soy aun, lo he sido toda mi vida. Y como he visto de cerca la verdadera pobre­za, fea y calva como la muerte, la detesto, y deseo que no me siga tenazmente como hasta ahora, fuera del al­cance de mi odio. Quiero que algún día se me aproxime, se coloque a mi lado, para acogotarla, para romperle a puñetazos los costillares, para convertir en polvo el an­damiaje de su esqueleto. "



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