La acabadora (fragmento)Michela Murgia

La acabadora (fragmento)

"Nicola guardó silencio mientras el cura y su madre salían de la habitación. Fuera lo que fuese lo que cuchichearan en el pasillo, no se tomó la molestia de intentar oírlo. Cerró los ojos en busca de un simulacro de sueño que apagara su rabia aunque sólo fuese durante una hora.
Las manos untadas de Giannina Bastíu se deslizaban por la piel flácida del muslo derecho de Nicola con regularidad hipnótica. Al sol ya templado de octubre, el patio trasero mostraba la última floración de las hortensias, mientras que, a lo largo de la pared, los crisantemos cerrados eran erguidas promesas todavía por cumplir.
Inmediatamente después de comer, a la hora más calurosa del día, un Nicola indiferente dejaba que su madre le diera aquel masaje medicinal, indispensable para evitar las llagas y favorecer la curación. Los meses de convalecencia habían pasado mejor de lo previsto y la sutura en el muñón había cicatrizado sin complicaciones. Como en el cambio de una estación a otra, tras las primeras semanas de rabia ciega la actitud del joven también parecía distinta. Ya no maldecía, había dejado de insultar a quienes iban a verlo y cada vez tenía menos accesos de furia en que arrojaba objetos al azar. Pero no hablaba. No es que se hubiera quedado mudo, simplemente no decía una sola palabra que no fuera indispensable, y de repente había dejado de reaccionar a los estímulos del entorno. Su padre y su hermano lo levantaban todos los días de la cama, lo sentaban en una silla y lo sacaban al patio, sin que él se dignara hacer el esfuerzo de sostenerse apoyando en el suelo la pierna sana. Tan sólo cuando se presentaba Bonaria Urrai daba la impresión de salir de aquel torpor insano para clavar en la vieja modista dos ojos negros como estrellas apagadas. Durante aquellas visitas parecía menos inaccesible, aunque no llegaba a volverse locuaz. Bonaria iba a verlo a diario, pero nunca intentaba hacerlo participar en una conversación, sino que se limitaba a cruzar cuatro palabras con Giannina mirándolo de vez en cuando. Si estaba segura de encontrar a Andría en casa, a veces Maria la acompañaba, pero evitaba quedarse más tiempo del imprescindible con Nicola, presa de una inconfesable repulsión hacia aquel sufrimiento que ni siquiera era ya un dolor. Había discutido algunas veces con la anciana para evitar acudir al hogar de los Bastíu, porque no les encontraba sentido a esas visitas forzadas; por un lado, nada en la actitud de Nicola hacía pensar que las agradeciera, y por otro, Maria prefería pasar las tardes en casa cosiendo vestidos con los patrones que llegaban a la tienda cada mes, o ir a casa de la señorita Luciana a pedirle prestado algún libro para leer por la noche. Era evidente que aquella tarde no se había salido con la suya: estaba sentada con impaciencia mal disimulada al lado de Bonaria, evitando con rigor científico posar la mirada en la delicada tarea que Giannina llevaba a cabo con Nicola. "



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