A contraluz (fragmento)Rachel Cusk

A contraluz (fragmento)

"El aula era pequeña y gris, pero tenía unas ventanas muy grandes que daban a la plaza Kolonaki, un recinto de hormigón en el que la gente leía el periódico a la sombra de los plátanos sentada en bancos cuyas bases de hormigón estaban llenas de pintadas. A las diez de la mañana, allá donde hacía calor no se veía a nadie. Las palomas avanzaban en desastrada formación circular por las losas del pavimento dando picotazos con la cabeza gacha.
Los estudiantes deliberaban sobre si las ventanas tenían que estar abiertas o cerradas, porque en el aula hacía un frío mortal y nadie había averiguado cómo se bajaba el aire acondicionado. Quedaba también la cuestión de la puerta, abierta o cerrada, de las luces, encendidas o apagadas, y de si el ordenador, que proyectaba sobre la pared un rectángulo azul vacío y emitía un zumbido, iba a utilizarse o podíamos apagarlo. Ya había visto al chico que Ryan me había señalado; tenía una inmensa mata de pelo rizado que le caía sobre los hombros y un bigote incipiente, una pelusilla ligeramente más clara, en el labio superior. De los otros, al principio costaba hacerse una idea. El número de hombres y de mujeres era prácticamente el mismo, pero allí nadie compartía características de edad, indumentaria o tipo social. Se habían acomodado alrededor de una gran mesa de formica que, en realidad, era una serie de mesitas más pequeñas puestas todas juntas formando un cuadrado. En el aula reinaba una atmósfera de incertidumbre, de incomodidad, casi. Me recordé que esa gente quería algo de mí; que aunque ni me conocían ni se conocían entre ellos, estaban allí con el propósito de que se los reconociera.
Decidimos que las ventanas quedarían abiertas y la puerta, cerrada, y de ello se encargaron las dos personas que más cerca de las unas y de la otra estaban. Abrir las ventanas para calentar una habitación parecía raro, señaló el chico de Ryan, pero la ciencia, continuó, nos había llevado a muchas inversiones de la realidad como esa, algunas más útiles que otras. Debíamos aceptar las incomodidades que de vez en cuando conllevaba nuestra comodidad, dijo, como deben tolerarse los defectos de las personas amadas: no había nada perfecto. Muchos de sus compatriotas, añadió, estaban convencidos de que el aire acondicionado perjudicaba gravemente la salud, y existía ya un movimiento de ámbito nacional para tenerlo apagado en oficinas y edificios públicos, en un principio de vuelta a la naturaleza que, en cierto modo, podía definirse como perfeccionismo, aunque iba a suponer que todo el mundo pasara mucho calor; lo que, concluyó el chico con cierto placer, solo podía desembocar en una nueva invención del aire acondicionado.
Cogí un trozo de papel y dibujé el contorno de la gran mesa cuadrada a la que todos estábamos sentados. Les pregunté los nombres a los estudiantes, diez en total, y anoté el nombre de cada uno y el lugar que ocupaba en ese cuadrado. Después les pedí que me contaran algo que, de camino al aula, les hubiera llamado la atención. Se hizo un silencio de transición largo y evasivo; carraspeaban, ordenaban los papeles que tenían delante o clavaban los ojos al frente con la mirada perdida. Entonces, una joven que, según mi diagrama, se llamaba Sylvia se puso a hablar después de haber echado un vistazo al aula para asegurarse, eso me pareció a mí, de que nadie iba a tomar la iniciativa. Su sonrisita de resignación dejaba bien claro que solía verse en esa situación a menudo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com