Una odisea (fragmento)Daniel Mendelsohn

Una odisea (fragmento)

"Pero después de recoger las maletas y subirnos al autobús con aire acondicionado que nos llevaría al Pireo, iba más tenso que un resorte. El autobús fue metiéndose por los huecos del tráfico, muy dificultado por una manifestación de protesta contra la desesperada situación económica del país. Un empleado del crucero aprovechó la lentitud del vehículo para proporcionarnos una breve charla orientativa. Embarcaríamos a media tarde; después habría un cóctel de bienvenida, seguido de una corta conferencia de introducción a los poemas homéricos a cargo de unos de los profesores que nos servirían de guías durante todo el crucero. Después de cenar emprenderíamos un viaje de doce horas a través del Egeo, rumbo a Turquía, donde está Çanakkale, localización de las ruinas de Troya. El día siguiente lo dedicaríamos a visitar el lugar.
Cuando el autobús se detuvo en el muelle, mi padre echó una mirada al barco. CORINTHIAN II, decían las letras blancas del casco, cuya línea de flotación era muy baja, casi invisible bajo la oscilante superestructura blanca, bajo los tres puentes erizados de radares y antenas y botes salvavidas con las fundas protectoras de color naranja. «Es más pequeño de lo que había yo pensado», dijo mi padre.
Cuando compramos los billetes, unas semanas antes, me sorprendió que se empeñara en reservar uno de los camarotes más caros. Con balcón propio. Cuando entramos en el camarote por primera vez, echó un vistazo en derredor, pasando revista al elegante mobiliario, y luego cruzó la zona de estar, pasando junto a las camas, y salió al balcón. Una vez allí, respiró ruidosamente el aire del Mediterráneo. Parecían complacerle los pequeños toques lujosos, las orquídeas y los cócteles esperándonos en resplandecientes mesitas laterales de madera, pero percibí en él una especie de resistencia, como si estuviera dispuesto a demostrarme al cabo de los diez días de crucero que la Odisea no valía tanto esfuerzo ni tanto lujo.
Las ganas de pelea, que identifiqué en cierto tipo de comentarios que hizo durante el seminario, quedaron muy claras durante los primeros días del crucero. A la mañana siguiente, mientras el Corinthian II se adentraba en el puerto de Çanakkale, mi padre y yo hacíamos cola para desayunar en la cubierta de popa. Examiné con curiosidad a la gente. ¿Quién exactamente hace un crucero sobre la Odisea? Además de un nutrido contingente de parejas retiradas y con dinero —este crucero era del tipo que anuncian en las revistas de antiguos alumnos—, me sorprendió ver una buena cantidad de pasajeros como mi padre y yo: parejas de padres e hijos, mujeres y hombres de cuarenta y tantos y cincuenta y tantos años acompañados de quienes solo podían ser sus padres o sus madres. Le señalé a mi padre una de esas parejas: una rubia guapa que le hablaba en algún idioma gutural del norte de Europa a su muy atildado y canoso padre. "



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