La biblioteca del capitán Nemo (fragmento)Per Olov Enquist

La biblioteca del capitán Nemo (fragmento)

"Julio era un mes muy luminoso, caluroso y apacible. Recogimos bayas y arándanos y yo robaba leche de las vacas de Albin Häggström que pasaban por la carretera camino a Östra. ¡Por mi vida que no era tarea fácil! Cuando se inquietaban, la leche se derramaba. Esas gotas costaban lo suyo. Intentaba sostener el recipiente en una mano mientras ordeñaba con la otra.
Una vez a la semana, Sven se marchaba a Konsum en Forsen, que en realidad pertenecía a Västra, para hacer la compra. Copos de avena sobre todo.
Le preocupaba un poco el dinero, decía.
Por las noches, a menudo nos sentábamos a leer la Biblia juntos, a escondidas, mientras Alfild dormía. Era increíble lo que se podía encontrar allí con un poco de suerte. En cambio, si no teníamos suerte, era como cuando la leía James Lindgren.
Dentro de poco vamos a poder recoger arándanos rojos, anunció una noche. Comprendí que tenía previsto que nos quedáramos en la cabaña mucho tiempo.
Como siempre era de día, no nos preocupábamos mucho por cuándo dormíamos. Aprovechábamos esos momentos en los que Alfild no cantaba. Un día Sven mencionó aquello tan terrible que le había pasado, o sea, cuando le comunicaron que ya no iba a ser el guardián del toro semental, decisión que se había tomado en el consejo municipal, cuando se reunieron en torno a la mesa de la recogida de la leche. No hizo comentarios, pero lo mencionó.
Ya no salían palabras feas de la boca de Alfild.
Las botas de lana no olían más que a agua del lago.
Una noche Sven Hedman se durmió en la mesa de la cocina con la frente apoyada en la madera, de forma que cuando se despertó de un sobresalto tenía toda la frente marcada.
Empezamos a sacarla a pasear por el bosque.
Había un pequeño claro donde antes se almacenaban los troncos talados: ahora la hierba despuntaba entre la corteza, pero la abertura seguía despejada en medio del bosque de pinos. Sven Hedman clavó una estaca en el suelo en el centro del claro, anudó las riendas de caballo unas con otras hasta que alcanzaron unos cinco metros de largo, y luego enrolló y ató un extremo en Alfild y el otro en la estaca.
De ese modo podía dar vueltas y vueltas a su antojo. "



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