Realidad (fragmento)Sergio Bizzio

Realidad (fragmento)

"Romi vivía en las afueras de una ciudad de las afueras, en un barrio que alguna vez había sido próspero. El esqueleto de un edificio de siete pisos, una discoteca con forma de castillo que tiempo atrás había aspirado a monopolizar la diversión de la zona, una galería comercial finalmente abandonada y enrejada eran algunas de las huellas que había dejado la prosperidad antes de huir. Entonces todo se vino rápidamente abajo. Ahora el asfalto de la avenida principal daba la impresión de haber sido bombardeado. A un lado y a otro, a lo largo de un puñado de cuadras, convivían carnicerías y gomerías, verdulerías y talleres mecánicos, panaderías y corralones, locales de baratijas y de perfumes falsos, y desde primeras horas de la mañana hasta última hora del día una marea humana pobrísima, aplastada, subía y bajaba consultando precios, zigzagueando por entre pozos, perros de nadie y puestitos atestados de zapatillas Nike. Los autos eran viejos y rotosos. Una maraña de cables surcaba el cielo en todas direcciones. En las ventanas de algunas casas había carteles pintados a mano que decían DENTISTA, o ABOGADO. Se respiraba un clima de infracción masiva. Una pátina de humo, de polvo aceitoso, de combustión, lo cubría todo, a veces húmeda y a veces reseca. Si alguien hubiera tomado una foto del lugar un día de sol, al verla revelada creería que en el momento de la toma había poca luz. Ahí vivía Romi, en una casa sobre la avenida.
Era pobrísima, pero tenía tres vestidos impecables (dos se los había hecho ella misma) y los llevaba con tanta gracia que siempre parecían distintos. El secreto estaba en el peinado y en los accesorios; a veces tenía el pelo suelto, a veces atado en una cola, a veces en dos trenzas, a veces usaba un collar, a veces aros y pulseras, pero nunca todo a la vez. Su carácter también era así. Jamás decía todo lo que pensaba, decía solamente una parte: creía que en esa parte estaba todo y que lo demás era redundar, explicar y muchas veces herir. Ni el pan era tan bueno como ella. Se pintaba las uñas con esmalte transparente y, aun cuando sabía que había gente mala, o gente buena que hacía cosas malas, Romi hablaba bien de todos; o hablaba bien o no decía una palabra. Escuchaba a sus amigas, pensaba seriamente en lo que decían y, si había un drama de por medio, se esforzaba por transmitirles el convencimiento de que nada es nunca definitivo, punto en el que fluía (navegando con un solo remo en los rápidos de la buena voluntad). Pero no era eso lo que la hacía rara, era más que nada su aspecto, su pulcritud. Su piel era casi tan blanca como sus dientes. Contrastaba tan fuertemente con el lugar que hasta el dealer de la zona cruzaba los dedos cuando la veía pasar, como si acabara de ver a la muerte. Y se lo decían. Sí, Romi sabía que tenía algo raro porque todos se lo decían. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com