Enoch Soames (fragmento)Max Beerbohm

Enoch Soames (fragmento)

"Había estado fuera gran parte de la mañana y como ya era demasiado tarde para llegar a casa a tiempo para almorzar, me dije: «Iré al Vingtième». Aquel pequeño local—el Restaurant du Vingtième Siècle era el nombre completo lo habían descubierto los poetas y escritores en 1896, pero en ese momento ya lo habían abandonado parcialmente en favor de algún otro hallazgo. Dudo que llegase a vivir lo bastante como para justificar su nombre, pero en aquel entonces estaba aún en Greek Street, a poca distancia de Soho Square, prácticamente frente al portal donde durante los primeros años del siglo una chiquilla acompañada de un muchacho llamado De Quincey pernoctaban hambrientos y a oscuras entre ratas, polvo y viejos legajos. El Vingtième era tan sólo un local pintado de blanco que por un extremo daba a la calle y por el otro a la cocina. El cocinero y propietario era un francés a quien yo conocía como monsieur Vingtième; sus dos hijas, Rose y Berthe, eran las camareras, y la comida, la verdad sea dicha, era buena. Las mesas eran tan estrechas y estaban tan apretadas que cabían doce personas, seis a lo largo de cada pared.
Al entrar, sólo estaban ocupadas las dos más cercanas a la puerta. A un lado estaba sentado un caballero alto, ostentoso y casi mefistofélico al que yo había visto ocasionalmente en la sala de dominó y un poco por doquier. En el lado opuesto estaba sentado Soames. En el soleado local, los dos ofrecían un curioso contraste, Soames macilento, con el sombrero y la capa que nunca le había visto quitarse cualquiera que fuese la estación, y el otro, un hombre profundamente vital cuyo aspecto siempre me hacía preguntarme si sería un traficante de diamantes, un prestidigitador o el director de una agencia de detectives. Estaba seguro de que Soames no deseaba mi compañía, pero le pregunté, porque no hacerlo habría sido una grosería, si podía acompañarlo y me senté frente a él.
Estaba fumando un cigarrillo con un guiso de algo que no había tocado y una botella de Sauterne medio vacía enfrente. Permaneció en completo silencio. Comenté que los preparativos del Jubileo hacían que Londres estuviese imposible. (En realidad me gustaban). Manifesté mi deseo de marcharme de la ciudad hasta que terminara todo aquello. En vano traté de solidarizarme con su melancolía. Él parecía no escucharme y ni siquiera verme. Pensé que su conducta me dejaba en ridículo a los ojos del otro comensal. El pasillo entre las dos filas de mesas en el Vingtième apenas hacía medio metro (al atender las mesas, Rose y Berthe chocaban siempre y reñían en voz baja) y quienquiera que estuviese sentado a la mesa vecina prácticamente compartía la tuya. Pensé que a mi vecino debían de divertirle mis infructuosos esfuerzos para interesar a Soames, pero como no podía explicarle que mi insistencia era tan sólo un acto de caridad, me quedé callado. Lo tenía a la vista sin necesidad de girar la cabeza.
Confiaba en que mi aspecto fuese menos vulgar que el suyo en contraste con Soames. "



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